El Santo Profeta Muhammad Islam Profetas

La vida de Muhammad (sa) Parte 6: La persecución se intensifica.

La persecución se hacía cada vez más intensa e insoportable. Muchos musulmanes ya habían abandonado La Meca. Los que quedaron tuvieron que sufrir más que nunca. Pero no se desviaron ni un ápice del camino que eligieron. Sus corazones se hallaban más fortalecidos que nunca y su fe era aún más firme. Su devoción al Único Dios iba en aumento, así como su odio a los ídolos nacionales de La Meca. El conflicto se agravaba cada vez más. Los mequíes convocaron otra reunión y decidieron imponer el ostracismo total a los musulmanes. Los mequíes no mantendrían ningún trato normal con ellos. No les comprarían ni les venderían nada. El Profeta (sa), junto con su familia y varios parientes que sin ser musulmanes aún le apoyaban, se vieron obligados a refugiarse en una vivienda muy aislada, propiedad de Abu Talib. Sin dinero ni recursos, la familia del Profeta (sa) sufrió bajo estas sanciones unas tribulaciones indescriptibles. Durante tres años no existió ningún alivio en estas medidas. Al final, cinco hombres honrados de entre los mequíes se rebelaron contra estas condiciones. Se dirigieron a la familia, ofrecieron abandonar el boicot generalizado y les permitieron salir. Abu Talib salió y reprochó a su pueblo. La rebelión de los cinco fue noticia en toda la ciudad y la racionalidad volvió a prevalecer. Los mequíes decidieron terminar con el feroz boicot. Éste terminó, pero no sus consecuencias. Unos días después, murió Jadiyyara, la fiel esposa del Profeta (sa), y un mes más tarde, murió su tío Abu Talib.

El Santo Profeta (sa) había perdido la amistad y el apoyo de Jadiyya (ra), y los musulmanes, en conjunto, habían perdido la ayuda de Abu Talib. Estas dos muertes dieron lugar a que la compasión pública se perdiera. Abu Lahab, otro tío del Profeta (sa), estaba dispuesto a apoyar al Profeta (sa). El dolor por el fallecimiento de su hermano y el respeto por su última voluntad estaban todavía vivos en su recuerdo. Pero los mequíes pronto lograron disuadirle, recurriendo a sus métodos habituales. El Profeta (sa), dijeron, enseñaba que no creer en la Unidad de Dios suponía un delito que sería castigado en la otra vida; su enseñanza por lo tanto contradecía todo cuanto habían aprendido de sus antecesores. Abu Lahab decidió, pues, intensificar su oposición al Profeta (sa). Las relaciones entre musulmanes y mequíes se habían vuelto difíciles, el ostracismo y los bloqueos impuestos durante tres años habían profundizado el abismo que les separaba. Parecía imposible reunirse y predicar. Pero al Profeta (sa) no le preocupaban los malos tratos ni la persecución, pues pensaba que tenían una importancia relativa mientras pudiera reunirse con la gente y hablar en libertad. Sin embargo, ahora parecía que ya no tendría esta oportunidad en La Meca pues, además de la hostilidad generalizada, el Profeta (sa) no podía salir a la calle, ni aparecer en ningún lugar público. Cuando lo intentaba, le arrojaban basura y le hacían regresar a casa. En una ocasión volvió a su hogar con la cabeza cubierta de basura, y su hija, mientras le limpiaba la cabeza, lloraba. El Profeta (sa) le dijo que no llorara, porque Dios estaba con él. Los malos tratos no perturbaban en absoluto al Profeta (sa), pues eran evidencia de un cierto interés en su mensaje. Un día, por ejemplo, los mequíes decidieron no dirigirle la palabra, ni maltratarle. El Profeta (sa) regresó a casa decepcionado, hasta que la voz consoladora de Dios hizo que volviera de nuevo a su pueblo.

© Pixabay

El viaje del profeta a Ta’if

Parecía pues que ya nadie en La Meca quería escucharle, y esto producía una gran tristeza al Profeta (sa) quien se sentía estancado. Decidió, pues, dirigirse a otro lugar para predicar su mensaje, y eligió Ta’if, un pueblo situado a unos cien kilómetros al sureste de La Meca, conocido por su fruta y agricultura. Su decisión coincidía con la tradición de todos los Profetas. Moisés (as) se había dirigido al Faraón, a Israel y a Madián. Jesús (as), igualmente, se dirigió a Galilea, a Jerusalén y a los pueblos de la otra orilla del Jordán. Y el Santo Profeta (sa) del islam, viendo que los mequíes no querían escucharle sino maltratarle, se dirigió a Ta’if. En cuanto a sus creencias y prácticas politeístas, Ta’if no se diferenciaba mucho de La Meca. Los ídolos que se encontraban en la Ka’ba no eran los únicos ídolos de Arabia, ni siquiera eran los más importantes. Un ídolo importante, Al’lat, se encontraba en Ta’if. Por esta razón Ta’if también era un centro de peregrinaje. Los habitantes de Ta’if tenían relaciones sanguíneas con los de La Meca, y muchos terrenos cultivados entre Ta’if y La Meca pertenecían a los mequíes. Al llegar a Ta’if, el Profeta (sa) recibió la visita de sus jefes, pero ninguno pareció dispuesto a aceptar su mensaje. El pueblo llano siguió a sus jefes, y rechazaron la enseñanza con desprecio. No se trataba de algo nuevo. Los que están inmersos en los asuntos terrenales siempre consideran este tipo de mensajes como una interferencia ofensiva. Ya que el mensaje carece de apoyo visible –soldados o armamento- también sienten que pueden mostrarse desdeñosos. El Profeta (sa) no fue una excepción. Ya habían llegado a Ta’if diversos comentarios sobre él, y ahora se encontraba aquí, sin armas ni séquito, un hombre solo, con un único compañero, Zaid. Los ciudadanos le consideraban un incordio al que debían poner fin, aunque sólo fuera por complacer a sus jefes. Por tanto, enviaron contra él a un grupo de gamberros, que le apedrearon y expulsaron del pueblo. Zaid resultó herido y el Profetasa comenzó a sangrar profusamente. Pero la persecución continuó hasta que estos dos indefensos se alejaron a varios kilómetros de Ta’if. El Profeta (sa) se sentía profundamente apenado y triste, cuando un ángel descendió sobre él y le preguntó si le gustaría que sus perseguidores fueran destruidos.

“No”, contestó el Profeta (sa), “Espero sólo que de estos atormentadores nazcan personas que adoren al Único Dios”.1

Cansado y afligido, se detuvo en una viña, propiedad de dos mequíes que por casualidad se encontraban allí. Habían formado parte de sus perseguidores en La Meca, pero en esta ocasión mostraron compasión. Quizás porque se trataba de un mequí el que había sido maltratado por los habitantes de Ta’if, o quizás porque, de pronto, hubiera resplandecido en sus corazones una chispa de compasión humana. Le enviaron una bandeja de uvas, llevada por ‘Addas(ra), un esclavo cristiano originario de Nínive. ‘Addas(ra) ofreció la bandeja al Profeta (sa) y a su compañero. Les miraba con pena, pero su curiosidad aumentó cuando oyó al Profeta (sa) decir:

© Pexels

“En el nombre de Al’lah, el Clemente, el Misericordioso.”

Sus orígenes cristianos se conmovieron, y sintió que estaba ante la presencia de un Profeta (sa) hebreo. El Profeta (sa) le preguntó de dónde era, y cuando ‘Addas(ra) contestó que era de Nínive, el Profeta (sa) dijo:

 “Jonásas, hijo de Amittai de Nínive, era un hombre santo, un Profeta como yo.”

El Profeta (sa) también le habló de su propio mensaje y ‘Addas (ra) creyó de inmediato. Abrazó al Profeta (sa), con los ojos llenos de lágrimas y le besó la cabeza, las manos y los pies. Después de este encuentro, el Profeta (sa) se dirigió de nuevo a Dios, diciendo:

Oh Al’lah, te someto mi lamento. Soy débil y carezco de medios. Mi pueblo me desprecia. Tú eres el Señor de los pobres y débiles, y Tú eres mi Señor. ¿Con quién quieres abandonarme, con los forasteros que me maltratan, o con los enemigos que me oprimen en mi propio pueblo? Si Tú no estás enojado conmigo, no me importa el enemigo. Que Tu misericordia esté conmigo. Busco refugio en la luz de Tu rostro. Tú eres quien puede disipar las tinieblas del mundo y conceder la paz a todos, ahora y en el futuro. Que no descienda Tu ira ni tu enojo sobre mí. Nunca muestras Tu ira sin después mostrar Tu misericordia. Y no hay poder ni refugio salvo en Ti.” 2  

Después de esta oración, inició su regreso a La Meca. En el camino se detuvo en Najla, donde permaneció algunos días. Según la tradición mequí, ya no era ciudadano de La Meca. Había abandonado la ciudad porque la creía hostil, y ya no podía volver salvo con el permiso de los mequíes. En consecuencia, solicitó a Mut’im bin ‘Adi -jefe mequí- que le concediera permiso para volver. Mut’im, aunque era un enemigo tan feroz como los demás, era noble de corazón. Reunió a sus hijos y familiares, que se armaron y se dirigieron a la Ka’ba. De pie en el patio, anunció su intención de permitir el regreso del Profeta (sa). El Profeta (sa) volvió, e hizo un circuito alrededor de la Ka’ba. Mut’im, sus hijos y sus familiares escoltaron al Profeta (sa) hasta su casa, con las espadas desenvainadas. Sin embargo, lo que se había ofrecido al Profeta (sa) no era una protección en el sentido formal de los árabes, pues el Profeta (sa) siguió sufriendo y Mut’im no lo protegió. El acto de Mut’im no constituía más que una declaración formal de permiso para el regreso del Profeta (sa).

El viaje del Profeta (sa) a Ta’if ha suscitado alabanzas incluso por parte de los enemigos del islam. Sir William Muir se refiere a este viaje en su biografía del Profeta (sa) con las siguientes palabras:

“Hay algo grande y heroico en este viaje de Muhammad (sa) a Ta’if; un hombre solitario, odiado y rechazado por su propio pueblo, sale con valentía en nombre de Dios, como Jonás (as) a Nínive, para llamar a una ciudad idólatra a arrepentirse y apoyar su misión. Este viaje revela la profundidad de su fe en el origen Divino de su vocación.”3

La Meca volvió a mostrar su antigua hostilidad. El pueblo natal del Profeta (sa) se convirtió de nuevo para él en un infierno. Pero siguió predicando su mensaje al pueblo. La fórmula “Dios es Uno” empezó a oírse con mayor frecuencia por la ciudad. Con amor y respeto, y con gran compasión, el Profeta (sa) prosiguió exponiendo su mensaje. Los habitantes le daban la espalda, pero el Profeta (sa) continuaba hablándoles. Hacía su proclamación, tanto si la gente mostraba interés como si no, y su insistencia parecía dar fruto. Los pocos musulmanes que habían vuelto de Abisinia para quedarse en La Meca, predicaban en secreto a sus amigos y familiares. Algunos decidieron declarar abiertamente su fe y compartir el sufrimiento de otros musulmanes. Pero muchos, a pesar de creer sinceramente, no se atrevían a declarar en público su conversión; esperaron al advenimiento del Reino de Dios en la tierra.

Mientras tanto, las revelaciones recibidas por el Profeta (sa) parecían indicar la posibilidad próxima de una emigración de La Meca, y también le daban una idea del lugar hacia donde había de emigrar. Se trataba de un pueblo de pozos y palmeras. Pensó primero en Yamama. Pero pronto descartó esa posibilidad. Prefirió esperar, con la certeza de que, fuera cual fuese el lugar de destino, se convertiría en la cuna del islam.

Referencias

1. Bujari, Kitab Bad’ al-Jalq

2. Hisham y Tabari

3.  Sir. W. Muir, La vida de Muhammadsa  –  edición de 1923, 112-113.

Para leer la parte anterior haz clic aquí:
https://es.reviewofreligions.org/la-vida-de-muhammad-sa-la-emigracion-a-abisinia/

Si quieres continuar leyendo este magnífico libro, no te pierdas el siguiente capítulo en la siguiente edición de The Review of Religions en español.

Puedes ver el libro completo en el siguiente link:

https://www.ahmadiyya-islam.org/es/publicaciones/la-vida-de-muhammad/

Añadir comentario

haga clic aquí para publicar comentario