Califato

Nuestro Jalifa – Su gracia a un niño y la señal de que el Jalifato de Ahmadía está guiado por Dios

Farhat Mahmood, Londres, Reino Unido.

Ha pasado más de un año desde aquel Eid-ul-Fitr. Para esta época, pero del año pasado, el Quinto Jalifa, Su Santidad, Hazrat Mirza Masrur Ahmad aba se mudó desde la mezquita Al-Fazl, en Londres, a Islamabad, Tilford. Los corazones de los áhmadis se regocijaban con la mudanza hacia un nuevo lugar, más grande, y con todas las bendiciones que seguramente seguirían para la comunidad.

Los áhmadis que vivían cerca de la Mezquita Al-Fazl estaban felices, pero con un sabor agridulce, porque en los primeros días ya se percibía con tristeza la ausencia del Jalifa. Yo vivía en esa zona junto a mi familia. Mi esposo es un devoto de la comunidad y ya se había mudado con Su Santidad aba a Islamabad; yo todavía no, porque estaba esperando que terminen nuestro alojamiento allí.

En ese Eid, Su Santidad aba dirigió el rezo en la mezquita Bait-ul-Futuh de Morden. Cuando terminó, pasó unos momentos por el complejo de la mezquita Al-Fazl. Estaba de visita por la casa de huéspedes que se encontraba muy cerca de la mía. Al anochecer, la gente se reunió en los alrededores para aguardar su salida. El ambiente era muy especial. Tal era la sensación, que el vecindario y las carreteras estaban bendecidas por su presencia. Entre aquella multitud se encontraba mi hijo, Haris. Le pedí que dijera “Salam” (la paz sea contigo) a Su Santidad aba cuando lo viera. No estoy segura de haberle dicho específicamente que le diera mi Salam también. En cualquier caso, se acordó de dar no solo su propio Salam sino también el de su madre.

En esos momentos, también pensé que hacía un tiempo estaba lejos de mi amado Jalifa desde que se había mudado a Islamabad. Pensando en esto, me da culpa, ya que hay millones de áhmadis más merecedores que yo y están muy lejos del Jalifa, especialmente los áhmadis de Pakistán donde esta separación ha durado casi 40 años.

Esa noche, justo cuando Su Santidad aba estaba a punto de salir para Islamabad, mi marido vino a casa para avisarme que se iba. Los coches estaban estacionados afuera, listos para partir. Abrí la puerta para ver el movimiento y solo faltaban unos minutos para que el séquito se fuera.

Su Santidad aba salió de la casa de huéspedes. Haris era parte de la multitud. La conversación que tuvieron (como me enteré más tarde), fue que Haris se adelantó, y quiso decirle “mi madre te envía su Salam“, pero como su urdu es básico, terminó diciéndole “ve a decirle Salam a mi madre”. Su Santidad aba sonrió y dijo “Acha” (bien). Todo ocurrió en pocos minutos, mientras la gente estaba afuera. Tengan en cuenta que el tiempo del Jalifa es muy valioso. Un niño diciéndole que vaya a su casa y le diga Salam a su madre es algo realmente inaudito. Pero Su Santidad aba lo hizo.

Todavía estaba observando desde la puerta la escena de la conversación. Su Santidad aba  se dio vuelta y miró mi casa.  Entonces, de repente, comenzó a acercarse. Me puse nerviosa y pensé: ¿Será que está revisando un auto estacionado que está cerca de mi casa, o iría a hablar con alguien allí? Cerré la puerta para no molestarlo, si es que venía en esta dirección con un propósito. 

A los pocos segundos, tocaron la puerta. La abrí. Allí estaba mi amado Jalifa, sonriendo y casi en broma expresó: “El pequeño me dijo: ve a decirle Salam a mi madre, Assalamo Aleikum (la paz sea contigo)”. Quedé anonadada. Solo logré entender Salam. Su Santidad aba cerró la puerta y se fue. Después de eso, todo lo que puedo contar es que lloré; lloré y me sentí agradecida por tener al Jalifa que se ocupa de las necesidades de un niño inocente. Lloré por la amabilidad que me había mostrado.

Mi creencia se fortaleció aún más, que Dios guíe al Jalifa. Sólo Dios conocía mi tristeza en ese día de Eid, ya que no había hablado con nadie. Sólo Dios sabía cómo evaporar la tristeza con su compasión.

Después de aquel Eid, tuve la bendición de vivir en Islamabad, cerca de Su Santidad aba. El último año ha traído grandes bendiciones para la comunidad. Ahora estamos viviendo una pandemia. El Eid-ul-Fitr ha vuelto, pero estamos socialmente distantes de nuestro querido Jalifa. Que Dios vuelva a escuchar mi corazón y el de miles de áhmadis, para, una vez más, cosechar las bendiciones de estar en la presencia del Jalifa de nuestro tiempo.

¡Amén!

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