El Santo Profeta Muhammad

La vida de Muhammad (sa) Parte 12: La victoria se convierte en derrota

Continuamos con el relato de la batalla de Uhud que comenzamos en la edición anterior de la revista. En este enfrentamiento, la intención del ejército mequí era terminar con el islam y asesinar al Profeta Muhammadsa. Finalmente, los musulmanes fueron derrotados, y la victoria inicial se convirtió en derrota. Lea más para conocer las profecías cumplidas que Muhammadsa ya había pronunciado y cómo el poder de Dios fue el pilar para sobrevivir en la batalla.

Su Santidad Mirza Bashir-Ud-Din Mahmud Ahmadra, Segundo Jalifa Comunidad Musulmana Ahmadía

Continuación de lo anterior…

©Pixabay

La victoria se convierte en derrota

Tras esta alegación, abandonaron el paso y se lanzaron a la lucha. El ejército mequí contaba con Jalid bin Walid, que posteriormente se convertiría en un gran general musulmán. Su vista penetrante divisó el paso sin protección. Solamente se hallaban unos pocos hombres custodiándolo.

Jalid llamó a otro general mequí, ‘Amr bin al-‘As, diciéndole que echara un vistazo hacia la parte posterior del paso. Al hacerlo, ‘Amr pensó que era una oportunidad única. Ambos generales detuvieron a sus hombres y subieron a la colina. Mataron a los pocos musulmanes que todavía guardaban el paso y desde el promontorio lanzaron un contraataque contra los musulmanes. Al oír los gritos de la lucha, el derrotado ejército mequí se reunió de nuevo y volvió al campo de batalla.

El contraataque a los musulmanes fue repentino. En su persecución al ejército mequí, éstos se habían dispersado por todo el campo. No se pudo organizar a tiempo la defensa musulmana ante este nuevo ataque. Sólo se veían soldados musulmanes luchando individualmente contra el enemigo. Muchos cayeron. Otros se retiraron. Algunos formaron un cerco alrededor del Profeta Muhammadsa. No habría más de veinte. El ejército mequí atacó el cerco. Uno por uno, los musulmanes fueron cayendo ante las flechas de los soldados mequíes. Desde la colina, los arqueros lanzaban lluvias de flechas. En aquel momento, Talha, uno de los quraishíes y muhayirim (musulmanes mequíes que se habían refugiado en Medina) vio que todas las flechas iban dirigidas contra el rostro del Profeta Muhammadsa. Levantó la mano para protegerle. Cada una de las flechas iba atravesando la mano de Talha, pero aún así no la dejó caer. Al final, su brazo quedó mutilado. Talha perdió la mano y pasó el resto de su vida con un muñón. En la época del Cuarto Jalifa del islam, cuando empezaron a surgir disensiones internas, un enemigo se burló de Talha, llamándole “Talha el manco”.

Un amigo de Talha respondió: “Sí, es manco. Pero ¿sabes dónde perdió la mano? En la Batalla de Uhud, donde alzó su mano para proteger el rostro del Profetasa de las flechas del enemigo.” Mucho tiempo después de la Batalla de Uhud, los amigos de Talha le preguntaron: “¿No te dolía la mano al recibir el impacto de las flechas? ¿No gemías de dolor?” Talha respondió: “Me dolía, y estuve a punto de gritar, pero resistí porque sabía que al más mínimo temblor de mi mano, dejaría expuesto el rostro del Profeta Muhammadsa a las flechas del enemigo.”

Los pocos hombres que quedaban con el Profetasa no podían resistir al ejército con el que estaban enfrentados. Una parte de las fuerzas enemigas avanzó y les apartó. Entonces el Profeta Muhammadsa se quedó completamente solo, y de súbito, una piedra le golpeó la frente, hiriéndole profundamente. Otro golpe hundió los anillos de su casco en sus mejillas. En medio de la lluvia de flechas, el Profetasa, herido, rezaba: “Dios mío, perdona a mi pueblo, porque no saben lo que hacen” (Muslim). El Profetasa cayó encima de los cadáveres de los hombres que habían muerto defendiéndolo. Otros musulmanes avanzaron para defender al Profetasa de más ataques, pero también murieron. El Profeta Muhammadsa yacía inconsciente entre los cadáveres. Al observarlo, los enemigos lo tomaron por muerto. Seguros de su victoria, se retiraron y volvieron a formar filas.

Entre los musulmanes que habían defendido al Profetasa y que habían sido apartados por la avalancha de la fuerza enemiga, se encontraba ‘Umarra. El campo de batalla se había quedado desierto. ‘Umarsa, viendo la escena, se convenció de que el Profetasa había muerto. ‘Umarra era un hombre valiente. Lo demostró en muchas ocasiones, sobre todo, al luchar simultáneamente contra los grandes imperios de Roma y Persia. Nunca había retrocedido ante ninguna dificultad. Este mismo ‘Umarra se sentó sobre una roca, profundamente afligido, y rompió a llorar como un niño. Mientras tanto, se le acercó otro musulmán, Anas bin Nadr, que creía que los musulmanes habían vencido al enemigo. Había divisado la derrota de los enemigos, pero como no había comido nada desde la noche anterior, se había retirado del campo de batalla con unos dátiles en la mano. Quedó perplejo al ver a ‘Umarra llorar, y le preguntó: “¡’Umarra! ¿Qué te ocurre? En lugar de regocijarte por la espléndida victoria de los musulmanes, estás llorando”.

‘Umarra respondió: “Anas, no sabes lo que ha ocurrido. Sólo has visto la primera parte de la batalla. No sabes que los enemigos se apoderaron de un punto estratégico en la colina, y nos atacaron con virulencia; los musulmanes se habían dispersado, pensando que la victoria era suya. No hubo ninguna resistencia a este ataque enemigo. Sólo el Profetasa, junto con unos pocos guardias, se enfrentaron al enemigo, y todos cayeron luchando.”

“Si es cierto lo que dices “, dijo Anas, “¿de qué sirve estar sentados aquí llorando? Allí donde ha ido nuestro querido Maestroas, debemos ir nosotros también.” Anas tenía en la mano el último dátil. Estaba a punto de comerlo, pero lo arrojó, diciendo: “¡Dátil! ¿Aparte de ti, hay algo que se interponga entre Anas y el Paraíso?”

Con estas palabras, desenvainó su espada y se lanzó sobre las fuerzas enemigas, uno contra casi tres mil. No pudo hacer gran cosa, pero un alma creyente es superior a muchas otras. Luchó valientemente, hasta que cayó finalmente herido, sin cesar de luchar. La horda enemiga se lanzó bárbaramente contra él, hasta el punto de que, según se dice, al terminar la batalla e identificar a los cadáveres, no se lograba identificar el cuerpo de Anas. Lo habían cortado en setenta pedazos. Al final, una hermana de Anas lo identificó por un dedo mutilado, diciendo: “Éste es el cuerpo de mi hermano” (Bujari).

Al ver retirarse al enemigo, aquellos musulmanes que habían formado un cerco alrededor del Profetasa pero que fueron apartados, volvieron hacia él. Levantaron su cuerpo de entre los cadáveres. Abu ‘Ubaida bin al-Yarrah sujetó entre sus dientes los anillos clavados en las mejillas del Profeta Muhammadsa, y los extrajo, perdiendo dos dientes en el intento.

Al poco tiempo, el Profeta Muhammadsa volvió en sí. Los soldados que le rodeaban enviaron mensajeros para decir a los musulmanes que se reunieran de nuevo. La fuerza dispersa comenzó a congregarse. Escoltaron al Profetasa al pie de la colina. Abu Sufyan, comandante del ejército mequí, al ver estos grupos de musulmanes, exclamó: “¡Hemos matado a Muhammadsa!”. El Profetasa oyó la ostentosa proclamación, pero prohibió a los musulmanes contestar, para evitar que el enemigo supiera la verdad y atacara de nuevo; y para que los musulmanes, heridos y exhaustos, no tuvieran que luchar de nuevo contra este feroz ejército. Al no recibir respuesta de los musulmanes, Abu Sufyan se convenció de que el Profetasa estaba muerto. Exclamó de nuevo: “También hemos matado a Abu Bakrra”. El Profetasa prohibió contestar a Abu Bakrra. Abu Sufyan exclamó por tercera vez: “También hemos matado a ‘Umarra”. El Profetasa también prohibió a ‘Umarra que respondiera. Abu Sufyan entonces gritó que había matado a los tres. ‘Umarra, no pudiendo contenerse por más tiempo, exclamó: “Estamos vivos y con la gracia de Dios, dispuestos a luchar contra vosotros y partir vuestras cabezas.” Abu Sufyan proclamó el canto nacional: “¡Gloria a Hubal! ¡Hubal ha acabado con el islam!” (Hubal era el ídolo nacional de los mequíes).

El Profetasa no pudo tolerar este insulto al Único Dios, Al’lah, por Quien él y todos los musulmanes estaban dispuestos a sacrificar sus vidas. Se había negado a desmentir la declaración de su propia muerte. También se había negado a desmentir, por razones de estrategia, la proclamación de la muerte de Abu Bakrra y de ‘Umarra. Sólo contaba con unos pocos soldados de su ejército. Las fuerzas enemigas eran grandes y fuertes. Pero ahora el enemigo había insultado a Al’lah. El Profetasa no podía tolerar tal insulto. Miró con enojo a los musulmanes y preguntó: “¿Por qué mantenéis silencio, y no contestáis a este insulto a Al’lah, el Único Dios?”.

Los musulmanes le preguntaron:

“¿Qué debemos decir, Oh Profetasa?”.

“Decid: ‘Sólo Al’lah es Grande y Poderoso. Sólo Al’lah es Grande y Poderoso. Sólo Al’lah es Grande y Poderoso. Sólo Él es Altísimo y Honorable. Sólo Él es Altísimo y Honorable. Sólo Él es Altísimo y Honorable.”

Los musulmanes gritaron al unísono. Este grito dejó estupefactos a los enemigos. Se decepcionaron profundamente al saber que el Profetasa no había muerto a pesar de todo. Ante ellos estaba el pequeño grupo de musulmanes, heridos y agotados. Sería fácil acabar con ellos. Pero no se atrevieron a atacar de nuevo. Contentos con su victoria, regresaron triunfantes.

En la Batalla de Uhud, la victoria musulmana se convirtió en derrota. Sin embargo, la batalla proporciona evidencia de la verdad del Profetasa. En ella, se cumplieron las profecías que el Profetasa había anunciado antes de iniciarse la batalla. Los musulmanes salieron victoriosos al principio. El amado tío del Profetasa, Hamza, murió luchando. El comandante del ejército mequí murió en la primera fase de la batalla. El Profetasa fue herido, y muchos musulmanes murieron. Todo esto sucedió tal como había sido anunciado en la visión del Profeta Muhammadsa.

Además del cumplimiento de los incidentes anunciados antes de la batalla, también quedó patente la sinceridad y devoción de los musulmanes. En la historia no existe paralelo de una conducta tan ejemplar. Ya se han narrado algunos incidentes que lo demuestran. Sin embargo, merece la pena mencionar otro, que demuestra la certeza de la convicción y la devoción mostrada por los compañeros del Profetasa.

Cuando el Profetasa se retiró al pie de la colina con el grupo de musulmanes, envió a algunos de sus compañeros en búsqueda de los heridos que yacían en el campo de batalla.

Tras una larga búsqueda, un compañero encontró a un musulmán medinita herido. Estaba moribundo. El compañero se inclinó sobre él, diciendo: “que la paz sea contigo”. El musulmán herido levantó una mano temblorosa y tomando la mano del compañero, dijo: “Estaba esperando que viniera alguien”.

“Estás mortalmente herido”, le dijo el compañero. “¿Tienes algún mensaje para tu familia?”.

“Sí, sí”, contestó el musulmán, “Que la paz sea con ellos. Diles que cuando muera aquí, les confiaré algo valioso que tendrán que cuidar.

Es el Profetasa del islam. Espero que defiendan su persona con su vida y que recuerden que éste es mi último deseo” (Mu’atta y Zurqani).

Las personas moribundas tienen mucho que decir a sus familias, pero estos musulmanes, incluso en sus últimos instantes, no pensaban en sus parientes, hijos o esposas, ni tampoco en sus bienes, sino sólo en el Profetasa.

Se enfrentaban a la muerte con la seguridad de que el Profetasa era el salvador del mundo. Sus hijos, si sobrevivían, conseguirían poco. Si morían protegiendo al Profetasa, habrían prestado servicio tanto a Dios como a la humanidad. Estaban convencidos que al sacrificar a sus familias servían a la humanidad y a Dios. Al invitar a la muerte, aseguraban la vida eterna para la humanidad en general.

El Profetasa hizo agrupar a los heridos y a los muertos. Los heridos fueron auxiliados y los muertos, enterrados. Entonces el Profetasa se dio cuenta de que el enemigo había tratado a los musulmanes de la forma más salvaje. Habían mutilado los cadáveres, cortando sus narices, orejas, etc… Uno de los cuerpos mutilados era el de Hamza, el tío del Profetasa. Conmovido, el Profetasa dijo: “Las acciones de los infieles justifican ahora el trato que hasta ahora habíamos pensado que era injustificable.” Nada más expresarlo, Dios le ordenó que dejara solos a los infieles, y que siguiera mostrando compasión hacia ellos.

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