El Santo Profeta Muhammad

La vida de Muhammad (sa) Parte 11: Se cumple una gran profecía

Como continuación de la edición anterior, The Review of Religions le trae la siguiente sección sobre la extraordinaria vida del Profeta Muhammad (sa). La última vez les narramos la historia de una de las batallas más significativas de la historia del islam, la batalla de Badr. En esta edición, continuamos con la segunda batalla más importante de la historia del islam, La Batalla de Uhud, que tuvo lugar justo un año después de la Batalla de Badr. El objetivo de esta batalla era asesinar al Profeta Muhammad (sa) y destruir el islam, pero a pesar de ello, el Profeta del islam (sa) se mantuvo firme y decidido en su fe en Dios Altísimo y perseveró.
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Su Santidad Mirza Bashir-Ud-Din Mahmud Ahmadra, Segundo Jalifa Comunidad Musulmana Ahmadía

Continuación de lo anterior…

Se acercaba la hora de la batalla. El Profetasa salió de la tienda donde había estado rezando, y anunció:

“Ciertamente los enemigos serán derrotados, y darán la espalda.”

Éstas fueron las palabras reveladas al Profetasa algún tiempo antes, en La Meca. Evidentemente se referían a esta batalla. Cuando la crueldad de los mequíes llegó a su extremo y los musulmanes emigraban a lugares donde podrían encontrar la paz, Dios reveló al Profetasa los siguientes versículos:

En verdad, al pueblo del Faraón llegaron también Amonestadores. Rechazaron todos Nuestros Signos. Así, los castigamos con el castigo de Quien es Poderoso y Omnipotente. ¿Son vuestros incrédulos mejores que aquellos? ¿O tenéis inmunidad en las Escrituras? ¿Dicen acaso: “Somos un ejército victorioso”? Los ejércitos serán pronto puestos en fuga y volverán sus espaldas en la huida. ¡Ay! La hora es su tiempo prefijado; y la Hora será sumamente penosa y amarga”. En verdad, los culpables están en el error y la locura manifiestos. En el día en que sean arrastrados al Fuego, sobre sus rostros, y se les diga: “probad ahora el tacto del infierno”. Sagrado Coran (54:42-49).

Estos versículos forman parte del capítulo del Corán, llamado Al-Qamar y según toda evidencia, fue revelado en La Meca. Las autoridades musulmanas sitúan la fecha de su revelación entre cinco y diez años después de la Llamada del Profetasa, es decir, un mínimo de tres años antes de la Hégira (el año de la emigración del Profetasa de La Meca a Medina). Lo más probable es que se revelara ocho años antes. Las autoridades europeas comparten esta opinión. Según Noldeke, el capítulo entero fue revelado en el quinto año después del llamamiento del Profetasa. Wherry opina que esta fecha es demasiado temprana y afirma que el Capítulo pertenece al sexto o séptimo año antes de la Hégira, o después del llamamiento del Profetasa. Pero todos coinciden en situar la revelación de este Capítulo varios años antes de la emigración del Profetasa y sus seguidores de La Meca a Medina. 

No hay duda alguna acerca del valor profético de estos versículos mequíes, que dan una idea muy clara de lo que les esperaba a los mequíes en el campo de batalla de Badr. Se anuncia claramente la suerte que les esperaba. Cuando el Profetasa salió de su tienda, reiteró la descripción profética contenida en el capítulo mequí, lo que demuestra que debió haber pensado en dichos versículos durante sus oraciones. Al recitar uno de los versículos, recordó a sus seguidores que había llegado la hora prometida en la revelación mequí.

Y efectivamente, había llegado la Hora. El Profeta Isaíasas (21:13-17) había anunciado esta hora. La batalla comenzó, a pesar de que los musulmanes no estaban preparados, y de que se había recomendado a los no musulmanes a que no tomaran parte en ella. Trescientos trece musulmanes, con armas escasas y sin experiencia bélica, se enfrentaron con un ejército tres veces mayor, formado por soldados bien entrenados. En el plazo de unas horas, murieron un gran número de jefes mequíes de alto rango. Como había anunciado el Profeta Isaíasas, la gloria de Quedar desapareció. El ejército mequí se apresuró a huir, dejando atrás a los muertos y algunos prisioneros. Entre los prisioneros se encontraba el tío del Profetasa, Abbas, que apoyó al Profetasa durante su estancia en La Meca. A Abbas le habían obligado a luchar al lado de los mequíes contra el Profetasa. Otro prisionero era Abu’l ‘As, yerno del Profetasa. Entre los muertos se encontraba Abu Yahl, comandante supremo del ejército mequí y según todos los relatos, enemigo feroz del islam.

Llegó la victoria, pero trajo al Profetasa una mezcla de sentimientos. Se regocijaba por el cumplimiento de las promesas divinas, repetidas durante los últimos catorce años; promesas que también habían sido escritas en las Escrituras más antiguas. Pero al mismo tiempo se afligía por el destino terrible de los mequíes. Si esta victoria, en vez de ser suya, hubiera sido de otro, el Profetasa hubiera recibido una inmensa alegría. Pero la escena de los prisioneros delante de él, atados y encadenados, hizo que brotaran lágrimas de los ojos del Profetasa y de su fiel compañero, Abu Bakr. ‘Umarra, que más tarde sucedería a Abu Bakrra como segundo Jalifa del islam, no pudo entender lo que ocurría.

¿Por qué lloraban el Profetasa y Abu Bakrra después de la victoria? ‘Umarra se hallaba tan perplejo que se atrevió a preguntar al Profetasa: “Profetasa de Dios, ¿dime por qué lloras si Dios te ha dado una victoria tan grande? Si hemos de llorar, yo lloraré contigo, o por lo menos pondré el rostro compungido.”

El Profetasa señaló el miserable destino de los prisioneros mequíes: ese era el resultado de la desobediencia a Dios.

El Profeta Isaíasas había mencionado varias veces la justicia de este Profetasa, que había de salir victorioso de una batalla mortal. Y en esta ocasión se pudo observar una perfecta demostración de ello. De camino a Medina, el Profetasa se detuvo durante una noche para descansar. Los fieles seguidores que le escoltaban veían que se volvía de un lado a otro sin poder conciliar el sueño. No tardaron en darse cuenta de que era debido a los gemidos de su tío, Abbas, que se hallaba acostado muy cerca de él, atado como prisionero de guerra. Aflojaron las cuerdas que le ataban, y Abbas cesó de gemir. El Profetasa, al no verse perturbado por los gemidos, se durmió. Poco tiempo después, se despertó y se preguntó por qué ya no oía los gemidos de Abbas. Pensó que quizá se hubiera desmayado. Pero los Compañeros que vigilaban a Abbas le dijeron que habían aflojado sus cuerdas, para que él (el Profetasa) pudiera dormir. “No”, dijo el Profetasa, “No puede haber injusticia. Si Abbas es pariente mío, los demás prisioneros también son parientes de otros. O bien, aflojáis a todos las cuerdas, o apretáis las cuerdas de Abbas también.” Al oír esta amonestación, los Compañeros decidieron aflojar las cuerdas de todos los prisioneros, asumiendo ellos mismos la responsabilidad de su custodia. En cuanto a los prisioneros, se prometió la libertad a aquellos que eran cultos, si se encargaban de instruir a diez muchachos mequíes, consistiendo en esto su rescate. Los que no tenían a nadie que les pagara el rescate fueron liberados por propia petición, mientras los que podían pagar el rescate fueron liberados tras pagarlo. Al liberar a los prisioneros de esta forma, el Profetasa acabó con la práctica cruel de convertir a los prisioneros de guerra en esclavos.

La batalla de Uhud

Después de su huida de Badr, el ejército mequí anunció que volvería a atacar a Medina para vengarse de su derrota a manos de los musulmanes; y efectivamente, sólo un año después, volvieron a atacar Medina con toda su fuerza. Se sentían tan humillados y afligidos por la derrota previa, que los jefes mequíes habían prohibido a los supervivientes llorar la pérdida de sus muertos en la batalla. También declararon que las ganancias obtenidas de las caravanas comerciales se constituirían en fondo de guerra. Tras intensos preparativos, un ejército de tres mil hombres, bajo el mando de Abu Sufyan, lanzó el ataque sobre Medina.

El Profetasa celebró consejo y preguntó a sus seguidores si debían enfrentarse al enemigo dentro de Medina o fuera de la ciudad. Él personalmente se inclinaba por la primera opción. Prefería que los musulmanes permanecieran en Medina, permitiendo que el enemigo les atacara en sus propias casas. De esta forma, pensó, la responsabilidad del ataque y la agresión recaería sobre el enemigo. Pero en el consejo se hallaban muchos musulmanes que no habían tenido la oportunidad de participar en la batalla de Badr y que ahora estaban ansiosos de luchar por la causa de Dios. Insistían en que la batalla debería ser a campo abierto, para tener la posibilidad de morir luchando. El Profetasa aceptó el consenso general (Tabaqat).

Mientras se debatían las opciones, el Profetasa narró una visión propia. Dijo:

“He tenido una visión. Vi una vaca y también mi espada con la punta rota. Vi cómo la vaca era sacrificada, y que yo había introducido la mano en la armadura. También me vi montado sobre un carnero.

Los Compañeros pidieron al Profetasa su interpretación de la visión.

La matanza de la vaca”, dijo el Profetasa,

“indica que algunos de mis Compañeros caerán en la batalla. La punta rota de mi espada indica que un pariente mío, alguien importante, morirá, o tal vez yo mismo sufriré dolor o alguna herida. El que ponga mi mano en la armadura parece indicar que sería mejor que nos quedáramos en Medina. El hecho de que me haya visto montado en un carnero significa que dominaremos al comandante de los incrédulos, y que morirá a nuestras manos.” (Bujari, Hisham y Tabaqat).

Esta visión y su interpretación dejaron claro que sería mejor que los musulmanes permanecieran en Medina. Sin embargo, el Profetasa no insistió, porque la interpretación de la visión era suya, y no formaba parte del conocimiento revelado. Aceptó el consejo de la mayoría y decidió salir de Medina al encuentro del enemigo. Al salir, la sección más devota de sus seguidores se dio cuenta de su error, y acercándose al Profetasa, le dijeron:

“Profetasa de Dios, nos parece mejor tu consejo. Debemos quedarnos en Medina y enfrentarnos con el enemigo en nuestras propias calles.”

“Ahora no”, dijo el Profetasa, “Ahora el Profetasa de Dios se ha puesto la armadura. Pase lo que pase, avanzaremos. Si sois firmes y si perseveráis, Dios os ayudará” (Bujari y Tabaqat).

Con estas palabras, avanzó con un ejército de mil hombres. Acamparon durante la noche a poca distancia de Medina. Era la costumbre del Profetasa permitir a sus soldados descansar un rato antes de enfrentarse al enemigo. A la hora de las oraciones matinales, los visitó a todos. Vio que algunos judíos se habían unido a los musulmanes. 

Declaraban tener tratados de alianza con las tribus mediníes, pero como el Profetasa ya había tenido experiencia de las intrigas judías anteriores, hizo despedir a los judíos. En cuanto lo hizo, Abdul’lah bin Ubayy ibn Salul, el jefe de los hipócritas, se retiró con sus trescientos hombres, alegando que ahora el ejército musulmán ya no podría resistir al enemigo, y que participar en la batalla significaría una muerte segura. Dijo que el Profetasa había cometido un error al despedir a sus propios aliados. El resultado de esta deserción de última hora fue que sólo quedaron setecientos musulmanes bajo el mando del Profetasa. Los setecientos hombres tenían que enfrentarse con un ejército cuatro veces mayor y mucho mejor equipado.

El ejército mequí disponía de una caballería de doscientos caballos, mientras que los musulmanes sólo poseían dos caballos. Los mequíes disponían de setecientos soldados con armadura, y los musulmanes solo cien soldados.

El Profetasa llegó a Uhud. En un angosto paso de montaña situó a una guardia de cincuenta hombres cuya misión era rechazar todo ataque por parte del enemigo, así como cualquier intento de apoderarse del paso. El Profetasa les explicó claramente su deber. Deberían permanecer en sus posiciones y no desplazarse hasta recibir la orden, sea cual fuere la suerte de los demás musulmanes. 

Con los seiscientos cincuenta restantes, el Profetasa salió a luchar contra un ejército cinco veces mayor. Pero con la ayuda de Dios, en breve plazo, los seiscientos cincuenta musulmanes consiguieron poner en retirada a los tres mil hábiles soldados mequíes. Los musulmanes les persiguieron. El paso custodiado por los cincuenta musulmanes quedaba en la parte posterior. El centinela dijo a su comandante:

“El enemigo está vencido. Ya es hora de que participemos en la batalla, para ganar nuestro trofeo en la otra vida.”

El comandante detuvo a los centinelas, recordándoles las órdenes del Profetasa. Pero los hombres dijeron que la orden del Profetasa debía tomarse como una instrucción general, y no al pie de la letra. No tenía sentido seguir defendiendo el paso mientras el enemigo huía en dirección opuesta.

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