Transcripción:
El islam y el judaísmo no son enemigos.
¿Quién habría imaginado que un simple trozo de tela tendría tanto poder simbólico?
El hijab — algo que para muchas mujeres es un acto íntimo de fe — se ha convertido en campo de batalla político.
Por un lado, gobiernos occidentales que intentan prohibirlo en nombre de la “libertad”.
Por otro, gobiernos islámicos que lo imponen en nombre de la “religión”.
Y en medio de esos dos extremos… están las mujeres.
Mujeres que lo usan por decisión propia.
Por razones espirituales.
Por conexión con su Creador.
Por que creemos que la modestia nos acerca a El.
Miremos los dos lados.
En Austria, se aprobó una prohibición del pañuelo en escuelas para niñas menores de 14 años, supuestamente para “proteger su libertad”.
Pero cuando el Estado decide que no puedes cubrirte… ¿eso es libertad?
Ahora miremos a Irán. Allí, el Estado intenta reforzar leyes obligatorias del hijab, aumentando penalizaciones para quienes no lo usan.
Pero cuando el Estado decide que debes cubrirte… ¿eso es fe?
Austria prohíbe.
Irán obliga.
Dos extremos distintos.
El mismo resultado: la mujer pierde la elección.
Y lo irónico es que cubrirse la cabeza no empezó con el islam.
Siglos antes del islam, mujeres judías cubrían su cabello por ley religiosa.
El Nuevo Testamento menciona el velo
Monjas católicas, judías mujeres amish, incluso en tradiciones hindúes, budistas y zoroastrianas, el cubrirse ha sido símbolo de modestia y devoción.
Pero solo el hijab musulmán es constantemente presentado como símbolo de opresión.
El problema no es el pañuelo.
El problema es quién decide.
El Corán mismo dice: “No hay coacción en la religión.”
La fe no puede imponerse por decreto.
Tampoco puede prohibirse por ley.
Cuando una mujer elige ponerse el hijab, lo hace conscientemente.
Su verdadera belleza está en la decisión voluntaria.
En la conexión sincera con Dios.











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