justicia religión,

Dios en el siglo XXI

La conferencia de las religiones del mundo tuvo lugar el 11 de febrero de 2014. Fue una plataforma única donde líderes religiosos de todo el mundo aportaron sus contribuciones al foro sobre como la religión puede ayudar al progreso de la paz, que el mundo necesita tan desesperadamente. A continuación presentamos el discurso de Su Santidad, líder espiritual de la Comunidad Musulmana Ahmadía, que tuvo lugar durante la Conferencia de Religiones en Londres, donde a su ves Su Santidad se reunió con representantes de las diferentes religiones y creencias.

Distinguidos invitados: Assalamo aaleikum wa rahmatul-lahe wa barakatohu (que la paz y las bendiciones de Al-lah sean con todos vosotros)

En primer lugar, desearía aprovechar esta oportunidad para dar las gracias a todos los distinguidos invitados por asistir a este evento. Me gustaría especialmente expresar mi gratitud a los eminentes oradores que, en un tiempo muy breve, han expuesto sus creencias y puntos de vista. Entiendo perfectamente que explicar las propias creencias en tan breve periodo de tiempo es imposible, por lo que posiblemente nuestros distinguidos invitados no habrán conseguido discutir todo cuanto hubieran deseado.

A pesar de ello, el hecho de que personas de diferentes orígenes se hayan reunido esta tarde en una plataforma demuestra que nosotros, que somos seguidores de diversas religiones, estamos unidos por un deseo y objetivo común. Ese objetivo común es esforzarnos en mejorar las vidas de la creación del Creador de los cielos y de la tierra, entre la cual se considera que los seres humanos tienen la forma más elevada. 

A lo largo del año pasado, se han celebrado distintos actos para marcar y celebrar el centenario de la Comunidad Musulmana Ahmadía en el Reino Unido, pero el acto de hoy es el mejor de todos. Es un medio excelente de proporcionar una plataforma común para que la gente se reúna con el fin de discutir la importancia de Dios en esta época. Por lo tanto, los que han organizado este acto merecen nuestro agradecimiento y gratitud. Personalmente, me siento especialmente agradecido, pues a través del acto de esta tarde me han sido presentadas muchas personas nuevas.  

Los sentimientos de gratitud que siento dirigen mi atención hacia Dios que, según las enseñanzas de mi religión, ha ordenado al hombre mostrar gratitud hacia su prójimo dondequiera que sea necesario. Así pues, si alguien os muestra amabilidad debéis expresarle vuestro aprecio, pues ser agradecido con el hombre es un requisito esencial para ser agradecido con Dios el Todopoderoso. Esta es la percepción y la imagen de Dios que presenta el islam. Sin duda, si aquel que sigue las verdaderas enseñanzas del islam y cree sinceramente en Dios cumpliera solamente esta enseñanza con sinceridad, se daría cuenta que su gratitud sería una fuente de propagación de amor y afecto en la sociedad, del mismo modo que una planta floreciente difunde su belleza y fragancia a su alrededor sin tener en cuenta la época en que lo hace.

Si cada uno de nosotros actuara de este modo nos daríamos cuenta que los odios y conflictos candentes del mundo que emergen en distintos tiempos, de distintas formas y en ocasiones diferentes quedarían sepultados para siempre, siendo reemplazados por un amor y paz perdurables en todas las épocas y lugares.

Dios quiera que la humanidad logre estos nobles objetivos y alcance esta cúspide moral. Por esta razón Dios ha enviado continuamente a Sus profetas y representantes piadosos a todos los lugares del mundo. Han sido enviado para reformar a la humanidad y desarrollar un espíritu de amor mutuo, compasión y fraternidad entre toda la gente. Dios envió a Sus representantes para hacer que la gente cumpliera con los derechos del Dios Todopoderoso y respetara los derechos del prójimo.

Los Profetas de Dios y los elegidos consiguieron agrupar a su alrededor a una comunidad de gente que hizo lo posible por vivir de acuerdo con Sus enseñanzas, mientras que quienes no les aceptaron corrieron invariablemente una triste suerte. Cada vez que Dios enviaba a Sus representantes no eran aceptados universalmente y había gente que se oponía y disentía de la religión. Decían que el demandante solamente instigaba temor en la gente y que en realidad no existía la necesidad de creer en un Dios que se suponía que era el Poseedor de todos los poderes. Sin embargo, las mismas personas que rechazaron a Dios y se opusieron a los profetas encontraron finalmente la destrucción.

El Santo Corán relata los incidentes de aquellos que se apartaron del Dios el Todopoderoso y como resultado fueron sometidos a diversas pruebas y tribulaciones, encontrando finalmente la destrucción. Por el contrario, los que entablaron una unión cercana a Dios lograron triunfar y siempre demostraron tener éxito. Tales narraciones figuran no sólo en el Corán, sino también en las escrituras de otras religiones. Al leer u oír tales relatos, nos vemos obligados a considerar y a preguntar si tales narraciones son solamente mitos y fábulas o están basados en la realidad. ¿Sobrevinieron realmente las consecuencias sobre las que advirtieron los elegidos de Dios? ¿Se cumplieron las señales que los representantes de Dios anunciaron? ¿Recompensó y colmó de bendiciones el Dios Todopoderoso a Sus elegidos? ¿Acaso la gente que creyó en Dios adoptó la senda pavimentada con el amor y la compasión al prójimo como resultado de las enseñanzas de los profetas?

En tan poco tiempo no va a ser posible exponer cada tema individual en profundidad, pero puedo afirmar que la historia de las religiones demuestra que la respuesta a todas estas preguntas es, sin duda, “sí”. La Sagrada Escritura en la que yo creo, el Santo Corán, nos informa claramente que todo esto es verdad y que el Dios Todopoderoso envía a sus profetas con la tarea de inculcar los estándares más elevados de espiritualidad en la humanidad a través de una estrecha comunión con Dios. Mediante esa unión, el hombre no solo logra cumplir con los derechos de Dios, sino que, al exhibir los estándares más elevados, también cumple con los derechos de la creación divina. Como he dicho anteriormente, Dios considera a los seres humanos lo mejor entre la creación divina. Estas enseñanzas fundamentales son de tal índole que, de establecerse en cualquier sociedad, aquellos que las siguieran no solo obtendrían el agrado de Dios, sino que también propagarían el amor, el afecto y la hermandad. 

Según mi creencia como musulmán, Al-lah el Todopoderoso envió al Santo Profeta Mohammadsa para la reforma del mundo entero y para inculcar estos objetivos fundamentales en la humanidad. En su esfuerzo por reformar predicaba constantemente este mensaje divino y se esforzaba incansablemente, día y noche. Sus esfuerzos no se limitaban a la predicación, sino que también se prostraba día y noche ante Su Señor en oración, llorando con tanta angustia y dolor que el lugar donde se prostraba se inundaba de lágrimas.

¿Qué es lo que imploraba el Santo Profetasa con tanta devoción? No pedía por su riqueza personal o poder. Tampoco pedía para usurpar gobierno o administración alguna. Al contrario, en cada una de sus plegarias, impregnada de un intenso tormento, suplicaba a su Señor por qué no se reformaba la gente espiritual y moralmente, por qué se negaban a abandonar sus crueldades, por qué se negaban a renunciar a la maldad y por qué se arrojaban al abismo de la destrucción por esta causa. La agonía y angustia era tan profunda y su estado de ansiedad y desesperación. tan intensos, que en el Santo Corán se dirigió a él directamente, preguntándole si se entristecería hasta la muerte porque se negaban a escuchar o prestar atención a su mensaje.

Sin embargo, como Dios el Todopoderoso es Quien escucha las oraciones fervientes y sinceras, escuchó las oraciones del Santo Profeta Mohammadsa. La historia atestigua el hecho de que aquellos que eran ignorantes, incivilizados, bebedores, jugadores, ladrones, y que estaban involucrados en todo tipo de vicios, consiguieron librarse de todos estos males, reemplazándolos por los valores morales más excelentes. Estas mismas personas lograron una transformación. Esa misma gente desarrolló un vínculo inquebrantable con Dios el Todopoderoso. Ningún poder mundanal pudo jamás producir una revolución espiritual semejante.

En términos mundanos, los primeros musulmanes eran muy débiles. Es cierto que los musulmanes ganaron algún poder, pero esto ocurrió posteriormente. Durante el periodo inicial eran pobres, indigentes y sin medios. Sin embargo, debido a su fe apasionada y sincera y su estrecha relación con Dios estaban siempre dispuestos a sacrificar sus vidas por Su causa. Desarrollaron los estándares más elevados de sacrificio y un deseo tan ferviente de servir a la humanidad que estaban dispuestos a entregar todas sus posesiones y todo cuanto disponían en sus hogares con el fin de ayudar a otras personas.

Si comparamos y contrastamos las vidas de aquellas personas antes y después su creencia en Dios, nos daremos cuenta de la gran transformación y metamorfosis que se produjo en sus corazones, debido únicamente a su logro de conocimiento y comprensión divinos. Esa misma gente presenció las claras señales de la Ayuda de Dios. La revolución espiritual que ocurrió no fue el resultado del azar o el deseo de alcanzar ningún objetivo mundano; más bien, atestiguaron y comprobaron por sí mismos que los sentimientos de amor en el corazón del Santo Profetasa  hacia las demás personas no tenían paralelo.

Los acérrimos y feroces enemigos del islam también se vieron obligados a aceptar este hecho. Fueron testigos de la verdad de que el Santo Profetasa solo respondió con perdón, misericordia y compasión a su brutalidad, odio y agresiones violentas. Fueron testigos de la verdad de que el Santo Profetasa, al obtener la victoria sobre los enemigos acérrimos del islam, que en el pasado no había dejado piedra sin remover en sus esfuerzos por destruir la religión, respondió con la paz y el perdón diciéndoles:

“No tengo ninguna enemistad personal hacia vosotros. No deseo vengarme por las crueldades y la persecución a las que nos sometisteis en el pasado. Mientras viváis en paz, tenéis libertad para permanecer en la Meca. No seréis tratados cruel o injustamente a causa de vuestras diferencias o creencias religiosas”.

Cuando los incontables enemigos del islam vieron este ejemplo incomparable de benevolencia, no tuvieron más opción que reconocerlo. Por citar solo un ejemplo: Al ver la conducta del Santo Profetasa, un adversario del islam llamado Igrama que perpetró enormes crueldades contra los musulmanes, dijo instintivamente que solamente aquel que procediera verdaderamente de Dios y cuyo amor por  la humanidad no tuviera paralelo podría actuar de un modo tan compasivo. Al ver el ejemplo del Santo Profetasa,  los enemigos del Islam comenzaron a proclamar abierta e insistentemente que la ley que le fue revelada era incuestionablemente verdadera y que el título que el Corán le había conferido como “merced para toda la humanidad” estaba plenamente justificado.

Reconocieron que de cada órgano, poro y fibra de su cuerpo emanaba una fuente de merced y compasión para la humanidad. Afirmaron abiertamente que cada acto del Santo Profetasa  era un ejemplo de los estándares más elevados de merced, que demostraban a veracidad de la Palabra de Dios. En vista de tales enseñanzas compasivas, podría plantearse una pregunta o alegación, y de hecho, la formulan algunos no musulmanes. La alegación es que si el islam enseña a los musulmanes a mostrar amor y simpatía mutua y si el Santo Profetasa  era realmente “merced para toda la humanidad” ¿por qué se emprendieron guerras religiosas? Para entender esta pregunta es preciso conocer l la verdadera historia temprana del islam y tener en cuenta dos puntos importantes.

En primer lugar, la historia testifica el hecho, que incluso los orientalistas no musulmanes reconocen, que al principio de los años posteriores a la reivindicación del Santo Profetasa, él y sus seguidores se vieron sometidos en la Meca a la persecución más bárbara y horrífica por parte de aquellos que no eran religiosos de los adoradores de ídolos. Muchos compañeros del Santo Profetasa, incluyendo hombres, mujeres y niños, perdieron la vida. Por dar un ejemplo de la naturaleza brutal de la oposición: Había casos en los que se ataba las piernas de mujeres musulmanas a distintos camellos. Después, se hacía correr a los camellos en direcciones opuestas, de forma que los cuerpos de las mujeres musulmanas quedaban literalmente desgarrados y divididos en dos pedazos.

De hecho, existe una larga lista de atrocidades cometidas, pero no es posible enumerarlas todas aquí. Sin embargo, a pesar de tal crueldad inhumana y salvaje, los musulmanes no adoptaron ningún tipo de venganza, ni abiertamente ni en secreto. En su lugar, tras años de sufrir una persecución constante y amarga, el Santo Profetasa y la mayoría de sus compañeros emigraron de la Meca. Algunos musulmanes fueron a vivir a la ciudad de Medina, mientras que otros viajaron a otros lugares. En Medina, donde emigró el Santo Profetasa, un gran número de personas llegó a aceptar el islam. Sin embargo, los incrédulos de la Meca no podían tolerar que los musulmanes vivieran pacíficamente y se hallaran bien establecidos.

Por ello, solo 18 meses después de la emigración atacaron a los musulmanes de Medina con un ejército de un millar de soldados muy bien equipados. En comparación, el ejército musulmán se componía únicamente de 300 personas sin apenas armamento, solo con un puñado de espadas y flechas. Si se evalúan los méritos relativos de los dos ejércitos, no cabe duda de que la mejor opción para los musulmanes hubiera sido retirarse y ponerse a salvo, en lugar de ponerse en pie y defenderse. No obstante, en aquel momento, Al-lah el Todopoderoso ordenó finalmente al Santo Profetasa que se defendiera. Esto se menciona en el capítulo 22, versículos 40-41 del Santo Corán, donde Dios dice:

“Se da permiso para combatir a quienes son combatidos, porque han sido perjudicados —y Al-lah tiene en verdad poder para ayudarlos—. Quienes fueron expulsados injustamente de sus hogares solo por haber dicho “Nuestro Señor es Al-lah” -y si Al-lah no hubiera permitido a los hombres defenderse contra la actuación injusta de los demás, ciertamente habrían sido destruidos monasterios e iglesias, sinagogas y mezquitas, en las que se conmemora frecuentemente el nombre de Al-lah. Mas Al-lah ayudará en verdad a quien Le ayude. Al-lah es ciertamente Fuerte, Poderoso”.

De estos versículos se desprende claramente que el permiso para luchar que se dio a aquellos que fueron atacados despiadadamente, no fue para defenderse, sino para salvaguardar a todas las religiones. Además, la segunda razón por la que se concedió el permiso para la guerra fue que, de no haberse repelido a los opresores por la fuerza, los enemigos de la religión no hubieran dejado vivir en paz a los cristianos, judíos, musulmanes, ni a nadie de ninguna otra religión. Lo cierto es que los adversarios del islam deseaban eliminar a todas las personas amantes de la paz y sumir al mundo en la discordia y el conflicto en aras de sus propios intereses personales.  

En este contexto, Dios dijo a los musulmanes que no temieran y que el ejército poderoso de los mequíes sería derrotado, pues los musulmanes contaban con la ayuda divina estaba. La historia da testimonio del hecho de que, con la ayuda de Dios, los pocos musulmanes totalmente mal equipados consiguieron derrotar a sus adversarios, que habían deseado destruir la paz del mundo. Esto constituyó por un lado una gran victoria para el islam, pero también fue un triunfo eterno para cada persona que desea que se preserven siempre los valores humanos. Fue una victoria para toda la gente que cree que la religión es una fuerza para el bien y para establecer la paz en el mundo.

Durante la vida del Santo Profeta Muhammadsa y durante las eras respectivas de sus cuatro Jalifas (los Sucesores Bien Guiados) la historia testifica el hecho de que la finalidad de las guerras emprendidas por los musulmanes era terminar con la crueldad y establecer la paz en el mundo. Nunca se combatió con el fin de infligir crueldad, injusticia o terrorismo. Cuando la época del califato y de los Sucesores Bien Guiados llegó a su fin, se estableció en su lugar un tipo de monarquía. Sin embargo, durante aquella era, la mayoría de las guerras se libraron por motivos políticos o mundanos. No obstante, es preciso aclarar que las guerras que se emprendieron para expandir reinados e incrementar el poder no se hicieron en modo alguno de acuerdo con las enseñanzas del islam, tal como enseña el Santo Corán.

De manera similar, no se puede afirmar que las acciones de los gobiernos musulmanes o de los grupos rebeldes de la oposición reflejen o representen las enseñanzas del islam en modo alguno. Digo sin dudar que los actos de ciertos extremistas musulmanes de hoy, que llevan a cabo en nombre del islam, en realidad solamente sirven para difamar al islam y a la propia religión. Si la gente siguiera tal ideología religiosa, es evidente que la religión de Dios no podría jugar un papel positivo en el establecimiento de la paz en el mundo. De hecho, tendríamos que admitir que aquellos que afirman que la religión ha sido la causa de la propagación del desorden en el mundo han demostrado tener razón.

Sin embargo, mi fe en mi religión aumenta al leer las profecías y la guía del Corán y del Santo Profetasa sobre los últimos días. Tanto el Corán como el Santo Profetasa profetizaron que llegaría un momento en que los musulmanes olvidarían las verdaderas enseñanzas del islam y no seguirían el Corán. Profetizaron además que aquellos musulmanes, que se llamarían a sí mismos clérigos y líderes religiosos, se convertirían en realidad en fuente de conflictos, corrupción y desorden. Esto es exactamente lo que estamos presenciando hoy. Como ya he mencionado, cuando observo todo esto, mi fe aumenta en lugar de disminuir.

No me siento frustrado, ni pierdo la esperanza, pues el Corán y el Santo Profetasa, a la vez que profetizaron sobre el precario estado del mundo, dieron también la buena nueva de que, para revivir el verdadero islam, aparecería una persona de entre los musulmanes que sería el Mesías Prometido y el Imam Mahdi (el Guiado). Sería enviado para poner fin a todas las guerras religiosas y para transformar, a todos los niveles de la sociedad, todo tipo de crueldad en paz y armonía. Trabajaría incansablemente para cumplir estos nobles objetivos e infundiría el verdadero espíritu del islam entre sus seguidores. Ese espíritu verdadero se ha descrito en el siguiente versículo del Santo Corán, que dice: 

“¡Oh vosotros, los que creéis! Sed perseverantes en la causa de Al-lah en calidad de testigos justos; y que la enemistad de un pueblo no os incite a actuar con injusticia. Sed siempre justos, porque eso está más cerca de la virtud. Y temed a Al-lah. En verdad, Al-lah es consciente de lo que hacéis.”

Este versículo, pues, destaca la necesidad de observar siempre la justicia y equidad. El estándar de justicia requerido es que si es incluso preciso dar testimonio en contra propia, o en contra de los propios padres o seres queridos, hay que hacerlo sin dudar, pues tal justicia es un garante para establecer la paz. Este es el estándar que Al-lah el Todopoderoso ha enseñado en el Corán; pero la pregunta es si es realmente posible alcanzar un estándar tan elevado. Como he mencionado anteriormente, el Corán y el Santo Profetasa  profetizaron que, en determinado momento, acaecerían en el mundo el desorden, el caos y la corrupción, y podemos ver con nuestros propios ojos el modo en que esto se ha cumplido al pie de la letra. De hecho, es una gran prueba de la manifestación clara de la verdadera Palabra de Dios. De la misma forma, junto con el renacimiento de la fe, que ocurrirá a través del Mesías Prometido y Mahdi, también se establecerá en el mundo este estándar perfecto de justicia, en el que enemistad de una nación no será un obstáculo en el establecimiento de la justicia.

Nosotros, los áhmadis musulmanes, somos afortunados pues no creemos solamente en estas profecías, sino que también creemos firmemente que la persona que debía ser enviada por Dios Todopoderoso ha aparecido en la persona del Fundador de nuestra Comunidad, Hazrat Mirza Ghulam Ahmadas de Qadian. También creemos que la tarea de revivir el islam, que fue iniciada por el Mesías Prometido, continúa hoy a través de la institución del Jalifato, que es el sistema de sucesión espiritual. La veracidad del Mesías Prometido se demostró a través de la ayuda y el apoyo de Dios, así como de innumerables signos divinos a su favor.

Una de las señales fue el aumento de terremotos y otros desastres naturales a causa de haber olvidado la humanidad a su Creador, así como al desorden y los conflictos generalizados en el mundo. La historia demuestra que el número de desastres naturales del siglo pasado ha excedido el de los siglos anteriores. Otra señal fue una profecía del Mesías Prometido relacionada con la caída del zar de Rusia. Se profetizó que, a causa de las brutalidades del zar, este sería despojado de su título y reinado. Como muestra la historia, esto también se hizo realidad. Una tercera profecía fue sobre las guerras mundiales. Hemos sido testigos de dos guerras mundiales. De no enmendarnos y reconocer a nuestro Creador, presenciaremos aún más guerras y sus terribles consecuencias. Todas estas profecías demuestran que él fue un amonestador divino enviado para reformar al hombre y guiarlo hacia el camino recto.

Además, es evidente que sin la ayuda de Dios, un reivindicador de un pueblo pequeño y remoto de la India no hubiera podido ser conocido en todo el mundo. Tampoco hubiera podido dejar una comunidad tan floreciente tras su fallecimiento sin la ayuda de Dios, una comunidad que, al estar firmemente unida a la institución del jalifato, propagaba su misión en todo el mundo, que era desarrollar una relación entre la humanidad y Dios el Todopoderoso y cumplir con los derechos de la humanidad manteniendo a la vez los más altos estándares de justicia. La Comunidad Musulmana Ahmadía posee recursos muy limitados y, sin la ayuda de Dios, su mensaje no se hubiera podido extender a los rincones del mundo.

Por lo tanto, todo esto demuestra por un lado la existencia de Dios y, por otro, demuestra que la Comunidad Musulmana Ahmadía ha sido firmemente bendecida con la ayuda y el apoyo divinos. Hoy en día son los miembros de la Comunidad Ahmadía quienes realizan enormes sacrificios financieros en un esfuerzo por ayudar a los demás, sacrificando incluso sus vidas por intentar establecer y mantener la paz en el mundo. En algunos países, nuestra comunidad sufre una severa persecución y se perpetran las crueldades más horribles contra nosotros, pero nos abstenemos de reaccionar o de tomar ningún tipo de represalias para evitar que corra riesgo la paz de la sociedad.

Esto se debe sin duda porque actuamos de acuerdo con las enseñanzas divinas del Corán, que fueron esbozadas y explicadas a la perfección por el Fundador de nuestra comunidad. Por ello, mi oración es que el mundo llegue a comprender la necesidad de la época. Espero y rezo para que nosotros, que somos los representantes de diferentes religiones y doctrinas, y nos hemos reunido hoy aquí para demostrar especialmente estas enseñanzas amorosas, nos esforcemos por adorar al Dios Único, tratando a Su creación con justicia y cumpliendo con sus derechos. Ciertamente, estas son las enseñanzas originales de todas las religiones.

Deberíamos emplear todos nuestros recursos y capacidades para fomentar una sociedad mejor, ayudar a la creación de Dios y difundir el amor, el afecto y la paz a todos los niveles. Hoy en día, la necesidad urgente y crítica del mundo es establecer la paz y la fe en Dios. Si el mundo entendiera esta realidad, todos los países, grandes o pequeños, no destinarían, en el nombre de los gastos de defensa, millones y billones de dólares para expandir sus capacidades militares. Más bien, gastarían talriqueza para alimentar a los hambrientos, proporcionar educación universal y mejorar el nivel de vida del mundo en desarrollo.

Si evaluamos el mundo de hoy de manera imparcial, admitiríamos que las economías de las naciones desarrolladas también se han vuelto inciertas e inestables. El poder adquisitivo del público ha disminuido enormemente. Incluso aquí, en el Reino Unido, en las entrevistas que se emiten en la televisión, se dice que en el pasado las familias salían a comer fuera con regularidad. Sin embargo, ahora, por no hablar de comer fuera, en ocasiones no les queda más remedio que pasar hambre en sus casas. Simplemente no les resulta posible alimentarse ni vivir tan cómodamente como antes y la razón de esto es que los países están dando prioridad a los presupuestos militares y de defensa ante los presupuestos de bienestar social. Existe un mayor deseo de enviar ejércitos a países extranjeros a miles de kilómetros de distancia y enviar armas, en lugar de prestar atención a aliviar los problemas en su propia puerta y resolver los problemas de la gente de su propia nación.

Por lo tanto, el desorden no se propaga por la religión, sino que en realidad se extiende a consecuencia de los juegos y ambiciones políticas, y a que los pueblos y naciones intentan afirmar su superioridad sobre los demás. Por lo tanto, es necesidad urgente de la época que todas las personas y todas las naciones presten atención a esto; de lo contrario, el mundo se acerca al borde de una destrucción inimaginable. Parte de la destrucción que vemos en el mundo hoy es autoinfligida, mientras que otra parte es a causa de las terribles consecuencias de los desastres naturales.

Por lo tanto, para protegernos y salvar a la humanidad, debemos volver a Dios Todopoderoso y unirnos al Dios Viviente que no abandonó al Profeta Moisés ni a su pueblo, ni tampoco abandonó al Profeta Jesús ni a sus discípulos. Los verdaderos musulmanes tampoco se han visto privados de las bendiciones divinas ni de ver sus oraciones aceptadas.

Estas no son historias antiguas o mitos del pasado, pues en realidad Dios es un Dios Viviente que está vivo hoy. El Mesías prometido nos ha enseñado que Dios continúa hablando a Su pueblo justo y les muestra sus verdaderas señales. Por lo tanto, es nuestro deber prestar atención a las palabras del Reformador de la época y reconocer a nuestro Dios con un espíritu auténtico. Damos testimonio de que Dios mostró Sus signos a través del Mesías prometidos y continúa haciéndolo hoy.

Al final, me gustaría decir que en lugar de echar la culpa de nuestros errores a Dios y a nuestras religiones, deberíamos mirarnos en el espejo y evaluar nuestras propias deficiencias.

Con estas palabras, quisiera agradecer una vez más a todos los invitados el tiempo que han dedicado a venir y escuchar lo que he dicho hoy. Muchas gracias.

Añadir comentario

haga clic aquí para publicar comentario