El Santo Profeta Muhammad Islam

La vida de Muhammad (sa) Parte 7: El islam se extiende a Medina.

En esta sección exploramos la vida del Profeta Muhammadsa desde su nacimiento hasta su muerte, analizando su labor como profeta, como líder justo y como excelente marido. En el presente artículo el autor nos narra cómo la persecución y el abuso se hizo más palpable en torno a la figura del Profeta Muhammadsa y sus primeros seguidores; ante esto, su respuesta fue la demostración de paciencia y determinación. Por Su Santidad Mirza Bashir-Ud-Din Mahmud Ahmadra, Segundo Jalifa Comunidad Musulmana Ahmadía.

Continuación de lo anterior….

Se acercaba el Hall (la peregrinación) anual y de todos los rincones de Arabia llegaban peregrinos a La Meca. El Profeta Muhammadsa iba de grupo en grupo, exponiendo la idea de un Dios Único, y diciéndoles que abandonaran sus excesos y se prepararan para el Reinado de Dios. Algunos le escuchaban con interés. Otros querían escuchar, pero se lo impedían los mequíes. Algunos, que tenían claras sus opiniones, se detenían para ridiculizar al Profetasa. En el valle de Mina, el Profeta Muhammadsa vio a un grupo de unos seis o siete hombres. Supo que pertenecían a la tribu de los Jazrall, aliados de los judíos. Les preguntó si estaban dispuestos a escucharle. Habían oído hablar de él y tenían interés, por lo que asintieron.

El Profeta Muhammadsa les explicó que el Reino de Dios estaba cerca

El Profeta Muhammadsa les explicó que el Reino de Dios estaba cerca, que los ídolos iban a desaparecer, que la idea de un Dios Único iba a triunfar, y que la piedad y la pureza volverían a reinar. ¿No aceptarían en Medina el Mensaje? Los hombres se mostraron impresionados. Aceptaron el Mensaje y prometieron que a su regreso a Medina lo comentarían con los demás, y le informarían al año siguiente si Medina estaba dispuesta a recibir refugiados musulmanes de La Meca. Regresaron y hablaron sobre este tema con sus amigos y familiares.

En aquella época había en Medina dos tribus árabes y tres judías. Las tribus árabes eran los Aus y los Jazrall, y las tribus judías eran los Banu Quraiza, los Banu Nadir y los Banu Qainuqa. Los Aus y los Jazrall estaban en guerra. Los Quraiza y los Nadir estaban aliados con los Aus, y los Qainuqa con los Jazrall. Cansados de esta guerra incesante, deseaban hacer la paz. Por fin se pusieron de acuerdo en reconocer al jefe de los Jazrall. Abdul’lah bin Ubayy bin Salul, como rey de Medina. Los Aus y los Jazrall habían oído a los judíos hablar de las profecías bíblicas, y habían escuchado los relatos judíos de la gloria perdida de Israel, y del advenimiento de un Profetasa “semejante a Moisés”. Este advenimiento estaba cerca, decían los judíos. Habría de señalar la restauración del poder de Israel y la destrucción de sus enemigos. Cuando los habitantes de Medina oyeron hablar del Profeta Muhammadsa, se mostraron impresionados, y empezaron a preguntarse si este Profetasa mequí no era el mismo que mencionaban los judíos. Muchos jóvenes creyeron inmediatamente.

Se reunieron con el Profetasa en el valle de Mina, y con las manos unidas a la mano del Profetasa, declararon su fe en la Unicidad de Dios

Con ocasión del siguiente Hall, doce hombres de Medina acudieron a La Meca para unirse al Profeta Muhammadsa. Diez de ellos pertenecían a los Jazrall, y dos a los Aus. Se reunieron con el Profetasa en el valle de Mina, y con las manos unidas a la mano del Profetasa, declararon su fe en la Unicidad de Dios y su intención de abstenerse de todos los vicios comunes, del infanticidio, y de inventar falsas acusaciones mutuas. Resolvieron obedecer al Profeta Muhammadsa en todas las cosas buenas. Cuando regresaron a Medina, empezaron a hablar a los demás de su Nueva Fe. Su devoción iba en aumento. Sacaron a los ídolos de los altares y los arrojaron a la calle. Los que antes se postraban ante los ídolos ahora caminaban con la cabeza alta. Decidieron postrarse sólo ante el Único Dios.

Los judíos quedaron asombrados. Siglos de amistad, exposición y debate no habían podido producir el cambio que este Maestroas mequí había producido en unos días. Los habitantes de Medina se dirigían a los pocos musulmanes de entre ellos para hacerles preguntas sobre el islam. Pero el número reducido de musulmanes no podía hacer frente a tantas preguntas, ni sabían lo suficiente para hacerlo. Por lo tanto, decidieron pedir al Profetasa que enviara a alguien para enseñarles el islam. El Profeta Muhammadsa envió a Musab, uno de los musulmanes que habían estado en Abisinia. Musab fue el primer misionero del islam que salió de La Meca. Durante esa época, el Profetasa recibió una gran promesa de Dios. Tuvo una visión en la que se veía en Jerusalén, con los Profetas reunidos detrás de él, para celebrar el culto en congregación. Jerusalén significaba Medina, que se iba a convertir en el centro del culto del Único Dios. Los otros Profetas que se congregaban detrás del Profetasa del islam indicaban que personas seguidoras de distintos profetas se unirían al islam, y que el islam se convertiría de esta forma en una religión universal.

Las condiciones en La Meca se habían vuelto críticas, y la persecución había adoptado la peor forma posible.

Las condiciones en La Meca se habían vuelto críticas, y la persecución había adoptado la peor forma posible. Los mequíes se rieron de esta visión, y la calificaron de deseo irrealizable. Desconocían que los cimientos de la Nueva Jerusalén ya estaban echados, y que las naciones del Oriente y Occidente estaban a la expectativa de oír el Último Gran Mensaje de Dios. En aquellos días, el Emperador bizantino y el Cosroes de Persia entraron en guerra. Cosroes, el soberano persa, salió victorioso. Siria y Palestina fueron invadidas por ejércitos persas. Jerusalén fue destruida, y fueron conquistados Egipto y Asia Menor. Los generales persas pudieron acampar a menos de veinte kilómetros de Constantinopla, en la desembocadura del Bósforo. Los mequíes se regocijaron de las victorias persas, y declararon que el juicio de Dios había llegado: los idólatras de Persia habían derrotado al Pueblo del Libro. Al mismo tiempo, el Santo Profetasa recibió la siguiente revelación:

“Los romanos han sido vencidos en el país vecino, y después de su derrota, serán victoriosos en pocos años –de Al’lah es el decreto antes y después de eso –y en ese día los creyentes se regocijarán, con la ayuda de Al’lah. Él ayuda a quien Le place; pues Él es el Poderoso, el Misericordioso. Al’lah ha hecho esta promesa, Al’lah no rompe Su promesa, pero la mayoría de los hombres no lo saben.” (30:3-7)

Unos años después se cumplió la profecía. Los bizantinos derrotaron a los persas y recuperaron los territorios que habían perdido. La parte de la profecía que decía: “y en ese día los creyentes se regocijarán, con la ayuda de Al’lah”, también se cumplió. El islam empezó a extenderse. Los mequíes creían haber acabado con el islam persuadiendo a la gente para que no escucharan a los musulmanes, y para que les trataran con hostilidad. En ese momento, el Profetasa recibió revelaciones en las que se mencionaban victorias musulmanas y la destrucción de los mequíes. El Profetasa anunció los siguientes versículos:

“Dicen: ¿Por qué no nos trae un Signo de su Señor? ¿Acaso no les ha llegado la prueba clara en lo que se contenía en las antiguas Escrituras?” Mas si los hubiéramos destruido con un castigo antes de ello, habrían dicho ciertamente: “Señor nuestro, ¿por qué no nos enviaste un Mensajero para que siguiéramos Tus mandamientos antes de ser humillados y afligidos? Diles: “Cada uno está a la espera, esperad, pues y sabréis quiénes son las gentes del camino recto y que siguen la guía verdadera”.1

Los mequíes se quejaban de la falta de Señales. Se les dijo que las profecías acerca del islam y del Profetasa, recogidas en libros anteriores, debían ser suficientes. De haber sido destruidos antes de que les fuera explicado el Mensaje del islam, se habrían quejado de no haber tenido la oportunidad de considerar estas Señales. Los mequíes, por lo tanto, debían esperar.

Día tras día el Profetasa recibía nuevas revelaciones que prometían la victoria de los creyentes y la derrota de los incrédulos. Los mequíes, conscientes de su propio poder y prosperidad frente a la pobreza y debilidad de los musulmanes, cuando oían estas promesas de ayuda divina y victorias musulmanas, se asombraban cada vez más. Esperaban que la persecución obligara a los musulmanes a renunciar a su fe, y a retornar con los mequíes, y que el Profetasa y sus Compañeros se vieran asaltados por las dudas respecto a sus declaraciones. Pero lejos de todo eso, los mequíes tuvieron que escuchar afirmaciones llenas de confianza como la siguiente:

Es una revelación del Señor de los mundos.

“Mas ¡no!, Juro por todo lo que veis, y por lo que no veis, que es en verdad la palabra traída por un noble Mensajero; y no la palabra de un poeta; ¡Cuán poco creéis! Tampoco es la palabra de un adivino; ¡qué poco caso hacéis!

Es una revelación del Señor de los mundos.Y si nos hubiese atribuido falsamente siquiera una afirmación insignificante, ciertamente lo habríamos atrapado por la derecha, y al punto, ciertamente, le habríamos cortado la vena yugular, y ninguno de vosotros hubiera podido protegerle de Nosotros.

En verdad, es un recordatorio para el justo. Pues ciertamente sabemos que hay algunos de entre vosotros que rechazan Nuestros Signos. En verdad, será una fuente de frustración para los incrédulos. Y con toda seguridad es la verdad absoluta. Glorifica, pues, el nombre de tu Señor, el Grande.”2

El Profetasa no era poeta, ni adivino ni impostor, y el Corán era una lectura para los piadosos.

Así se avisaba a los mequíes de que todas sus esperanzas se verían frustradas. El Profetasa no era poeta, ni adivino ni impostor, y el Corán era una lectura para los piadosos. Cierto que muchos lo rechazaban, pero tenía sus admiradores en secreto, que envidiaban su enseñanza y sus verdades. Se cumplirían todas las promesas y profecías contenidas en el Libro. Además, se exigía al Profeta Muhammadsa que ignorara a la oposición y siguiera alabando a Dios Todopoderoso.

Llegó el tercer Hall. Entre los peregrinos de Medina había un grupo numeroso de musulmanes. Debido a la oposición mequí, estos musulmanes de Medina querían entrevistarse en privado con el Profetasa. Los pensamientos del Profetasa se centraban cada vez más en Medina, como lugar adecuado para la emigración. Mencionó la idea a sus familiares más próximos, pero ellos intentaron disuadirle de tal idea, alegando que a pesar de la oposición en La Meca, gozaban allí del apoyo de parientes poderosos. Las perspectivas en Medina no eran muy seguras, y si Medina resultaba tan hostil como La Meca, la familia mequí del Profetasa sería incapaz de ayudar. El Profetasa, sin embargo, estaba convencido de que la emigración había sido decretada. Rechazó, pues, los consejos de su familia y decidió emigrar a Medina.

El primer juramento de ‘Aqaba

Después de medianoche, el Profetasa, en compañía de su tío ‘Abbasra, volvió a reunirse con los musulmanes de Medina en el valle de ‘Aqaba. De los setenta y tres musulmanes medinitas, sesenta y dos pertenecían a los Jazrall y once a los Aus. El grupo incluía a dos mujeres, una de ellas era Umm ‘Ammarara, de los Banu Nayyar. Su tribu, llena de fe y resolución, había aprendido los preceptos del islam de Mus’abra y demostró ser un pilar del islam. Umm ‘Ammarara es un ejemplo; inculcó en sus hijos la lealtad absoluta al islam. Uno de sus hijos, Habibra, fue capturado por Musailima, el Pretendiente, en un encuentro que tuvo lugar después de la muerte del Profetasa. Musailima intentó quebrantar la fe de Habibra: “¿Crees que Muhammadsa es Mensajero de Dios?”, preguntó. “Sí”, fue la respuesta. “¿Crees que yo soy Mensajero de Dios?”, preguntó Musailima. “No”, respondió Habibra. Musailima ordenó que le cortaran un miembro. Luego volvió a preguntar: “¿Crees que Muhammadsa es Mensajero de Dios?” “Sí”, contestó Habibra. “¿Crees que yo soy Mensajero de Dios?” “No”. Musailima ordenó que le seccionaran otro miembro. De este modo, le fueron amputando un miembro tras otro, y el cuerpo de Habibra acabó despedazado. Tuvo una muerte cruel, pero dejó un ejemplo inolvidable de heroísmo y sacrificio personal por la causa de su convicción religiosa.3

Umm Ammarara acompañó al Profetasa en varias guerras.

En resumen, este grupo de musulmanes de Medina se distinguió por su lealtad y su fe.

En resumen, este grupo de musulmanes de Medina se distinguió por su lealtad y su fe. No vinieron a La Meca en busca de riqueza, sino de fe; y la encontraron en abundancia. Empujado por los lazos de parentesco y sintiéndose legalmente responsable de la seguridad del Profeta Muhammadsa, ‘Abbasra se dirigió al grupo con las siguientes palabras:

“¡Jazrall! Éste, mi pariente, goza aquí del respeto de su pueblo. No todos son musulmanes, pero le protegen. Ahora, sin embargo, ha elegido dejarnos para ir con vosotros. ¡Jazrall! ¿Sabéis lo que ocurrirá? Toda Arabia se volverá en contra vuestra. Si sois conscientes de los riesgos que implica vuestra invitación, llevadle; de lo contrario, renunciad a vuestra intención, y dejad que se quede aquí.”

El jefe del grupo, Al-Bara’ra, contestó con firmeza:

“Te hemos escuchado. Nuestra decisión es irrevocable. Nuestras vidas están a disposición del Profetasa de Dios. Estamos decididos y esperamos sólo su decisión.”4

El Profetasa les hizo una exposición profunda de las enseñanzas del islam, y dijo que les acompañaría a Medina si estaban dispuestos a amar al islam con el mismo fervor que a sus mujeres e hijos. No había terminado aún de hablar cuando el grupo de setenta y tres devotos gritó al unísono: “¡Sí!” “¡Sí!”. En su fervor, olvidaban que se les podría oír desde lejos, por lo que ‘Abbasra les pidió que hablaran en voz baja, pero se dejaron llevar por su devoción. Desde ese momento, la muerte no les importaba en absoluto. Tras oír la advertencia de ‘Abbasra, un miembro del grupo alzó la voz y dijo:

“No tenemos miedo, Profetasa de Dios. Concédenos permiso y haremos frente ahora mismo a los mequíes, y vengaremos todo el mal que te han hecho.

Pero el Profetasa contestó que todavía no había recibido la orden de luchar. La reunión terminó con el juramento de lealtad del grupo.

Cuando los mequíes supieron de la reunión, se dirigieron al campamento de las medinitas para quejarse ante sus jefes. ‘Abdul’lah bin Ubayy ibn Salul, el jefe supremo, no tenía conocimiento de lo ocurrido, y aseguró a los mequíes que se trataba de un rumor falso. Las medinitas le habían aceptado como jefe y no podían actuar sin su conocimiento y permiso. Desconocía que las medinitas habían rechazado la ley de Satanás para adoptar la Ley de Dios.

Referencias:

1. Sagrado Corán (20:134-136)

2. Sagrado Corán (69: 39-53)

3. Halbiyya, Vol. 2, Pág. 17

4. Halbiyya, Vol. 2, pág. 18.

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https://es.reviewofreligions.org/la-vida-de-muhammad-sa-la-persecucion-intensifica/

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