El Santo Profeta Muhammad Islam

La vida de Muhammad (sa) La emigración a Abisinia

En esta articulo exploramos la vida del Profeta Muhammad sa desde su nacimiento hasta su muerte, analizando su labor como profeta, como líder justo y como excelente marido. El presente artículo nos narra como los primeros musulmanes tuvieron que emigraral ser brutalmente perseguidos por los habitantes de La Meca. A su vez, Umar ra uno de los más fieros enemigos del Profeta Muhammad sa, y por tanto del islam, acepta finalmentela nueva fe. Y será quien, tras la muerte del Profeta Muhammad sa se convertirá en su segundo sucesor,el Jalifa Umar ibn al-Khaṭṭāb ra

Continuación de la edición anterior…

Cuando la tiranía alcanzó límites extremos, el Profeta Muhammadsa reunió a sus seguidores, y señalando al oeste, les habló de un país, al otro lado del mar, donde no se asesinaba a los hombres por cambiar de fe, donde podrían adorar a Dios sin ser perturbados, y donde reinaba un rey justo. Les dijo que fueran allí, pues el cambio podría suponer un alivio para ellos. Un grupo de hombres, mujeres y niños musulmanes aceptaron su propuesta y marcharon a Abisinia. Fue una emigración a escala reducida y muy penosa. Los árabes se consideraban los guardianes de la Ka’ba, y lo eran efectivamente. Abandonar La Meca, pues, supuso para ellos una tribulación profunda. No lo habrían hecho si la vida en La Meca no se les hubiera vuelto imposible. Pero los mequíes tampoco estaban dispuestos a permitir esta emigración. No querían que sus víctimas se escaparan y tuvieran la oportunidad de vivir en otro sitio. El grupo, pues, tuvo que mantener en absoluto secreto los preparativos del viaje y partir sin despedirse siquiera de sus amigos y familiares.

El rumor de su salida, sin embargo, llegó a algunos mequíes. Umarra, que posteriormente sería el segundo Jalifa del islam, entonces era un incrédulo y un enemigo feroz de los musulmanes. Por casualidad, se encontró con algunos miembros del grupo de emigrantes. Uno de ellos era una mujer, Ummi Abdul’lah. Umarra, al ver sus bienes empaquetados y cargados sobre animales, comprendió enseguida que se trataba de una emigración.

–¿Te vas? –preguntó.

Sí. Dios es nuestro testigo –contestó Ummi Abdul’lah –Nos vamos a otro país, porque aquí nos tratáis con crueldad. No volveremos hasta que Al’lah nos quiera facilitar las cosas.

Umarra quedó impresionado y les dijo:

“–Id con Dios.”

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Su voz revelaba la emoción que sentía. Esta escena silenciosa le había perturbado. Cuando los mequíes se enteraron de la huida, enviaron a un grupo de hombres para detener a los emigrantes, pero al llegar a la orilla del mar supieron que ya habían embarcado. Al no poder alcanzarles, decidieron enviar una delegación a Abisinia, para persuadir al rey a que devolviese los emigrantes a los mequíes. Uno de los delegados era Amr bin al-As, que posteriormente se unió al islam y conquistó Egipto. La delegación llegó a Abisinia y tuvo una audiencia con el rey -intrigando al mismo tiempo ante la corte. Pero el rey se mostró firme, y a pesar de la presión de la delegación y de sus propios cortesanos, se negó a devolver a los refugiados musulmanes. La delegación volvió frustrada a La Meca, pero pronto idearon otro método para forzar el regreso de los musulmanes de Abisinia. Hicieron correr el rumor entre las caravanas en dirección a Abisinia de que toda La Meca había aceptado el islam. Cuando el rumor llegó a Abisinia, muchos refugiados retornaron felices a La Meca, para descubrir a su llegada de que se trataba de un rumor falso. Algunos musulmanes volvieron de nuevo a Abisinia, pero otros decidieron quedarse en La Meca. Entre éstos se encontraba Uzman bin Maz’un, hijo de un jefe mequí muy importante. Uzman recibió la protección de un amigo de su padre, Walid bin Mughira, y pudo empezar a vivir en paz. Pero veía como los demás musulmanes seguían sufriendo la persecución. Renunció, pues, a disfrutar de tal protección mientras el resto de los musulmanes siguiera sufriendo. Walid así lo anunció a los mequíes.

En una ocasión, Labid, un poeta laureado de Arabia, se hallaba declamando sus versos ante los jefes mequíes, y recitó un poema que indicaba que todas las gracias acaban al final. Uzman se atrevió a contradecirlo, diciendo:

–La gracia del Paraíso será eterna.

Labid, poco acostumbrado a que le interrumpieran, se enojó exclamando:

–¡Quraishíes! Antes no se insultaba así a vuestros invitados. ¿De dónde ha surgido esta moda?

Para apaciguar a Labid, se levantó un hombre de la audiencia y le dijo:

–Continúa.No hagas caso a este inepto.

Uzman insistió en que no había expresado ninguna tontería. Esto exasperó al quraishí, que se lanzó sobre Uzman y le asestó un golpe tan fuerte que le sacó un ojo. Walid se hallaba presenciando el incidente. Fue amigo íntimo del padre de Uzman y no podía tolerar este trato hacia el hijo de su difunto amigo. Pero Uzman ya no se encontraba bajo su protección formal, y la costumbre árabe le impedía apoyarle. Por lo tanto, no pudo hacer nada. Conmovido en parte por la ira y en parte por la angustia, se dirigió a Uzman, diciendo:

–¡Hijo de mi amigo, de no haber renunciado a mi protección, no habrías perdido el ojo. La culpa es tuya!

Uzman respondió:

–He esperado este momento durante mucho tiempo. No lamento la pérdida de un ojo, ya que el otro aguarda el mismo destino. ¡Recuerda! Mientras el Profeta Muhammadsa sufra, no queremos paz.1

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Umarra acepta el islam.

Durante esta época, tuvo lugar otro acontecimiento trascendental. Umarra, que más tarde se convertiría en el Segundo Jalifa del islam, era entonces uno de los enemigos del islam más feroces y más temidos. Estaba convencido de que aún no se había tomado ninguna medida eficaz contra el nuevo Movimiento, y decidió acabar con la vida del Profeta Muhammadsa. Cogió su espada y salió de casa. Un amigo, sorprendido al verle salir, le preguntó dónde iba, y con qué fin.

 –Para matar a Muhammadsa–contestó Umarra.

–¿Pero si lo haces, estarás a salvo de su tribu?, ¿sabes realmente cómo están las cosas? ¿Sabes que tu hermana y su marido se han unido al islam?

A Umarra le perturbó esta información tan inesperada. Decidió acabar primero con su hermana y su marido. Al llegar a su casa, oyó una recitación. Era la voz de Jabbabra, que les enseñaba el Santo Corán. Umarra entró en la casa, y Jabbabra, asustado por los pasos que había oído, se escondió. Fátimara, la hermana de Umarra, ocultó las hojas del Corán. Dirigiéndose a ella y su marido, Umarra    dijo:

–Se dice que habéis renunciado a vuestra fe.

Y con estas palabras levantó la mano para golpear a su cuñado, que por cierto, era también su primo. Fátimara se interpuso entre  Umarra y su marido, de modo que la mano de Umarra cayó sobre el rostro de Fátimara, cuya nariz empezó a sangrar profusamente. El golpe recibido le dio a Fátimara valor. Respondió:

–Sí. Ahora somos musulmanes, y así permaneceremos. Puedes hacer lo que te plazca.

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Umarra, aunque violento, era un hombre honrado. Ver el rostro de su hermana teñido de sangre por su propia mano, llenó a Umarra de remordimientos. Pronto se operó en él una transformación. Pidió ver las hojas del Corán que habían estado leyendo. Fátimara se opuso a ello, temiendo que las destruyera, pero Umarra prometió no hacerlo. Fátimara le dijo que no estaba limpio, y Umarra prometió bañarse. Limpio y calmado, tomó las hojas del Corán, que contenían parte del capítulo Ta Ha, donde encontró los siguientes versículos:

“Soy en verdad Al’lah; no hay dios fuera de Mí. Por tanto sírveme y cumple la Oración para recordarme. Por cierto la Hora: voy a descubrirla para que cada alma sea recompensada por su conducta.” 2

Esta afirmación firme de la existencia de Dios y la promesa de que el islam pronto establecería la verdadera adoración en lugar de la adoración habitual de los mequíes -estas y otras muchas ideas asociadas- conmovieron a Umarra. No pudo contenerse por más tiempo. La fe brotó como un manantial en su corazón, y dijo:

–¡Qué maravilla! ¡Qué inspiración!”

 Jabbabra salió de su escondite, y declaró:

–Dios es mi testigo: ayer mismo oí rezar al Profeta Muhammadsapor la conversión de Umarra (o Amr ibn Hisham). Tu cambio es resultado de aquella oración.

Umarra estaba decidido. Preguntó dónde estaba el Profeta Muhammadsa y se dirigió directamente hacia él en Dar Arqam, con la espada todavía en la mano. Al llamar a la puerta, los Compañeros del Profeta Muhammadsa observaron a Umarra a través de las rendijas y temieron que viniera con malas intenciones. Pero el  Profeta Muhammadsa dijo:

–¡Que entre!

 Umarra entró, con la espada en la mano.

–¿Qué te trae por aquí?–preguntó el Profeta Muhammadsa.

Umarrarespondió:

–¡Profetasa de Dios! Vengo a hacerme musulmán.

–Al’lahu Akbar ( Dios es Grande) –gritó el Profetasa.

Al’lahu Akbar, gritaron sus Compañeros. Las colinas alrededor de La Meca se hicieron eco de las exclamaciones. La noticia de su conversión se extendió rápidamente y a partir de aquel momento, u –el temido perseguidor del islam- empezó a ser perseguido junto con los demás musulmanes. Pero Umarra había cambiado. Ahora gozaba del sufrimiento, como antes gozaba infligiéndolo. Fue perseguido por las calles de La Meca.

1.Halbiyya, Vol. 1, pág. 348.

2. Sagrado Corán 20:15-16

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