El Santo Profeta Muhammad Islam

La vida de Muhammad (sa) parte 3: La persecución de los fieles.

En esta sección exploramos la vida del Profeta Muhammad (sa) desde su nacimiento hasta su muerte. Analizando su labor como profeta, como líder justo y como excelente marido. En el presente capítulo analizamos cómo fue su vida tras recibir la primera revelación y cómo fueron perseguidos él y sus seguidores, al propagar la creencia en un Dios Único.

Su Santidad Mirza Bashiruddin Mahmud Ahmad (as),
Segundo Califa De La Comunidad Musulmana Ahmadía

Continuación de la edición anterior…

Dios empezó a hablar al Santo Profeta Muhammadsa en “otra lengua”. La juventud del país empezó a hacer preguntas. Los que buscaban la verdad se emocionaban. El desdén y las burlas daban lugar a la aprobación y la admiración. Esclavos, jóvenes y mujeres desgraciadas se agrupaban en torno al Santo Profeta Muhammadsa . Su Mensaje y su enseñanza daban esperanza a los rechazados, a los oprimidos y a los jóvenes. Las mujeres veían acercarse la hora de la restauración de sus derechos. Los esclavos sentían cerca el día de su liberación, y los jóvenes veían abrirse ante ellos los caminos del progreso. Cuando el desdén empezó a ceder ante la aprobación, y la indiferencia ante el apoyo, los jefes y oficiales mequíes sintieron temor. Se reunieron, deliberaron y decidieron que ya no podían hacer frente a esta amenaza recurriendo a las burlas de antes; necesitaban un remedio más serio. La nueva influencia debía ser suprimida por la fuerza. Se decidió institucionalizar la persecución junto a cierto tipo de ostracismo social. Pronto se impusieron medidas concretas, y La Meca se vio involucrada en un conflicto feroz contra el islam. El Santo Profeta Muhammadsa y su reducido séquito ya no eran considerados como dementes, sino como una influencia en aumento que si no se paraba, pondría en peligro la fe, el prestigio, las costumbres y las tradiciones de La Meca. El islam amenazaba con derribar las viejas estructuras de la sociedad mequí para crear un nuevo cielo y una nueva tierra, cuyo advenimiento había de significar, forzosamente, la desaparición del antiguo cielo de Arabia y de su antiguo corazón. Los mequíes ya no podían reírse del islam. Ahora era para ellos una cuestión de vida o muerte. El islam representaba un desafío, y los mequíes lo aceptaron, igual que los enemigos de anteriores profetas siempre aceptaron sus desafíos. Decidieron no responder a las palabras, sino desenvainar las espadas y suprimir por la fuerza las enseñanzas peligrosas; no imitar el buen ejemplo del Santo Profetasa y sus seguidores, ni contestar a la bondad con palabras bondadosas, sino al contrario, maltratar a los inocentes, e insultar a quienes hablaban con palabras amables.

Una vez más en el mundo, estalló el conflicto entre la fe y la incredulidad; las fuerzas de Satanás declararon la guerra a los ángeles.

Los fieles, todavía un grupo muy reducido, eran incapaces de resistir los ataques violentos de los incrédulos. Se inició una campaña sumamente cruel. Las mujeres fueron torturadas sin piedad. Los hombres eran asesinados. Los esclavos que habían declarado su fe en el  Profeta Muhammadsa eran arrastrados sobre piedras y arena ardiente, hasta que su piel se volvía tan dura como la de los animales. Mucho tiempo después, cuando el islam ya se hallaba firmemente establecido, alguien le descubrió el cuerpo a uno de los primeros conversos, Jabban bin al-Aratra. Sus amigos vieron que su piel era efectivamente tan dura como la de un animal, y cuando le preguntaron la causa, contestó que no era nada importante, simplemente un recuerdo de los primeros días, cuando los esclavos convertidos al islam eran arrastrados por las calles sobre piedras duras y arenas  ardientes.1

Los esclavos creyentes procedían de todas las comunidades. Bilalra era negro y Suhaibra griego. Pertenecían a religiones distintas. Yabrra y Suhaibra eran cristianos, mientras que Bilalra y Ammarra eran idólatras. A Bilalra le obligaban a tumbarse sobre la arena ardiente, cargado de piedras, mientras a varios niños se les hacía bailar sobre su torso. Su amo, Ummaya bin Jalf, tras torturarle así, le pedía que renunciara a Al-lah y al Profeta Muhammadsa, y que cantara las alabanzas de los dioses mequíes, Lat y ‘Uzza. Bilal no decía más que: “Ahad…Ahad…” (Dios es Uno).

Exasperado, Ummaya entregó a Bilalra a jóvenes gamberros, pidiéndoles que le atasen una cuerda al cuello y le arrastraran por la ciudad sobre las piedras. El cuerpo de Bilalra sangraba, pero seguía diciendo: “Ahad…Ahad…” Más tarde, cuando los musulmanes se instalaron en Medina y pudieron vivir y orar en relativa paz, el Santo Profetasa nombró a Bilal Mu’azin, es decir, el oficial que llama a los fieles a la oración. Siendo africano, Bilalra no podía pronunciar la ‘h’ de la palabra árabe Ash-hadu (soy testigo). Los creyentes de Medina  se reían de su pronunciación defectuosa, pero el Profeta Muhammadsa se lo reprochaba, explicándoles cuánto quería Dios a Bilalra por la fe inquebrantable que había mostrado cuando sufrió las torturas de los mequíes. Abu Bakrra pagó el rescate de Bilalra y de otros muchos esclavos, y así obtuvo su libertad. Entre ellos se encontraba también Suhaibra, un mercader próspero, a quien los quraishíes siguieron atacando aún después de su liberación. Cuando el Santo Profetasa abandonó La Meca para instalarse en Medina, Suhaibra quiso acompañarle, pero los mequíes se lo impidieron. Dijeron que no podría llevarse de La Meca la riqueza que había adquirido en aquella ciudad.

Suhaibra ofreció entregarles todo su dinero y sus bienes si le dejaban salir. Los mequíes aceptaron la propuesta. Suhaibra llegó a Medina con las manos vacías y visitó al Santo Profetasa, que le escuchó y le felicitó diciendo: “Ésta ha sido la mejor transacción de tu vida”.

La mayoría de estos esclavos conversos permanecían firmes en sus profesiones externas e internas de la fe. Pero algunos eran más débiles. Una vez, el Profeta Muhammadsa encontró a ‘Ammar gimiendo de dolor y secando sus lágrimas. Preguntado por el Santo Profetasa, ‘Ammarra dijo que había sido golpeado y obligado a renunciar a su fe. El Santo Profetasa le preguntó: “¿Crees desde el fondo de tu corazón?” ‘Ammarra declaró que sí y el Profeta Muhammadsa le aseguró que Dios le perdonaría su debilidad.

Los padres de ‘Ammara, Yassirra y Samiyyara, también fueron torturados por los incrédulos. En una ocasión, el Profetasa pasaba por su calle y lleno de emoción dijo: “¡Familia de Yassir! Resistid con paciencia, porque Dios os ha preparado el Paraíso.” Pronto se cumplieron estas palabras proféticas. Yassir sucumbió a las torturas y poco tiempo después Abu Yahl mató con una lanza a Samiyya, su vieja esposa.

Zinnirara, otra esclava, perdió los ojos como consecuencia de las torturas de los incrédulos. Abu Fukaihra, el esclavo de Safwan bin Ummaya, fue tendido sobre la arena ardiente y se colocaron sobre su pecho piedras pesadas. Tan intenso fue el dolor que perdió su lengua. Otros esclavos fueron maltratados de modo similar.

Estas crueldades eran casi imposibles de resistir. Pero los primeros creyentes las resistían porque su corazón estaba reforzado por las promesas que recibían a diario de Dios. El Corán descendió sobre el Profeta Muhammadsa, pero la voz alentadora de Dios descendía sobre todos los creyentes. De no haber sido así, los fieles no podrían haber soportado las crueldades a las que fueron sometidos. Abandonados por su prójimo, sus amigos y familiares, no tenían más que a Dios; aunque verdaderamente no necesitaban a nadie más. Por Su causa, las crueldades les parecían pequeñas, las injurias les parecían oraciones y las piedras les parecían terciopelo.

Los ciudadanos libres creyentes no fueron tratados con menos crueldad. Sus mayores y sus jefes les atormentaban de diversas maneras. Uzmanra era un hombre próspero de cuarenta años. Y sin embargo, cuando los quraishíes decretaron la persecución general a todos los musulmanes, su tío Hakam le ató y le golpeó. Zubair bin al-‘Awwamra, un joven valiente que posteriormente se convertiría en un gran general musulmán, fue envuelto por su tío en una alfombra, debajo de la cual introducía gran cantidad de humo, torturándole así para sofocarle. Pero no renunció a su fe. Había encontrado la verdad y no tenía intención de declinar.

Abu Dharrra, de la tribu de Chaffar, oyó hablar del Santo Profetasa y fue a La Meca para investigar. Los mequíes le disuadieron, diciendo que conocían bien a Muhammadsa y que su Movimiento no era más que una ambición personal. Abu Dharr no les escuchó, se dirigió directamente al Profeta Muhammadsa, oyó de su boca el Mensaje del islam y lo aceptó. Abu Dharrra preguntó si podría ocultar su fe a su tribu. El Santo Profetasa contestó que lo podía hacer durante unos días. Pero, al pasar por las calles de La Meca oyó a un grupo de jefes mequíes insultando al Santo Profetasa e infamando vilmente su nombre. Ya no pudo mantener oculta su fe. Y en seguida declaró: “Atestiguo que no hay otro Dios que Al-lah; y que no hay semejante a Al-lah; y que Muhammadsa es Su Siervo y Profetasa”. Esta declaración, proferida ante una muchedumbre de incrédulos, les pareció insolente. Se levantaron furiosos en su contra y le golpearon hasta que cayó inconsciente al suelo. El tío del Santo Profetasa, Abbas, que todavía no se había convertido, pasaba por la calle y empezó a protestar en favor de la víctima, diciendo: “Vuestras caravanas de alimentos tienen que pasar por la tribu de Abu Dharr y si se enfadan por el trato que ha recibido, su pueblo puede mataros de hambre.” Al día siguiente, Abu Dharrra se quedó en casa. Pero un día después, volvió a acudir a la misma reunión y vio que seguían insultando al Santo Profetasa como antes. Fue a la Ka’ba, donde vio que la gente hacía lo mismo. Incapaz de continuar indiferente, se levantó e hizo en voz alta la declaración de su fe. De nuevo lo maltrataron. Así volvió a ocurrir una tercera vez, hasta que Abu Dharrra volvió a su tribu.

El Santo Profetasa no se vio excluido de los malos tratos recibidos por sus fieles. En una ocasión se hallaba rezando cuando un grupo de incrédulos le colocó una capa alrededor del cuello y lo arrastraron, medio ahogado, hasta el punto que parecía que sus ojos fueran a salir de las órbitas. Abu Bakrra, que pasaba por allí, le rescató, diciendo a los mequíes: “¿Queréis matarle porque dice que Dios es Su amo?” 

En otra ocasión, el Santo Profeta Muhammadsa estaba postrado en oración y colocaron sobre su espalda las entrañas de un camello. No pudo levantarse hasta que alguien le quitó el enorme peso. En otro momento, un grupo de gamberros le siguieron mientras caminaba por la calle y le golpearon repetidamente en la nuca diciendo a la gente que se autodenominaba Santo Profetasa. Este era el odio y la hostilidad desatados en su contra, y esta era su indefensión.

La casa del Santo Profeta Muhammadsa era apedreada desde las casas vecinas. Se arrojaban basura y restos de animales muertos a su cocina. En muchas ocasiones se le lanzaba polvo mientras rezaba, de modo que se vio obligado a buscar un lugar más seguro para sus oraciones públicas.

Estas crueldades, perpetradas contra un grupo débil e inocente, y contra su líder honesto, bienintencionado, pero a la par completamente indefenso, tuvieron sin embargo ciertos efectos positivos.

Los hombres honrados lo observaban y se sentían atraídos al islam. En una ocasión, el Santo Profeta Muhammadsa estaba descansando en Safa, un monte cerca de la Ka’ba. El Jefe mequí Abu Yahl, enemigo jurado del Santo Profetasa, pasó cerca y empezó a proferir insultos contra él. El Santo Profetasa no respondió y regresó a casa. Una esclava de su casa presenció este triste incidente. Hamzara, el tío del Profeta Muhammadsa, un hombre valiente y temido por sus conciudadanos, volvía de cazar en el bosque. Entró con orgullo en su casa con el arco sobre el hombro. La esclava, que no había olvidado el incidente de aquella mañana, se escandalizó al ver a Hamzara regresar así. Le reprochó diciendo que se creía muy valiente y siempre andaba armado, pero no sabía lo que Abu Yahl había hecho a su inocente sobrino esa misma mañana. Hamzara escuchó el relato del incidente. Aunque no era creyente, era un hombre de carácter noble. Puede que le hubiera impresionado el Mensaje del Santo Profetasa, pero no hasta el punto de unirse abiertamente a los musulmanes. Entonces se disiparon sus dudas acerca del nuevo Mensaje. Empezó a sentir que hasta entonces lo había tomado con demasiada ligereza. Se dirigió directamente a la Ka’ba, donde solían reunirse los jefes mequíes para charlar. Cogió su arco y golpeó fuertemente a Abu Yahl. Dijo: “A partir de hoy considérame seguidor de Muhammadsa. Le has insultado esta mañana a sabiendas de que no te diría nada. Si eres valiente, sal y lucha conmigo.” Abu Yahl no supo qué contestar. Sus amigos se levantaron para ayudarle, pero Abu Yahl, que temía a Hamzara y a su tribu, les detuvo, pensando que una lucha abierta le costaría demasiado cara. La culpa del incidente de aquella mañana dijo, había sido suya (Hisham y Tabari).

Referencías

1.Musnad, Vol. 5, pág. 110.

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